DIME A QUÉ LE TEMES Y TE DIRÉ QUIÉN ERES

cafeina-01 El arrepentimiento, el sufrimiento, el rencor, el dolor, la soledad y la tristeza los considero temas tabú, practicados de manera clandestina por la sociedad.

Hace algunos días procrastinaba en Pinterest y quedé impactada de la cantidad de frases de “autoayuda” para sobrellevar momentos difíciles que la gente comparte. Esta modalidad a la que apodo “cómo echarse porras solito sin la necesidad de aplaudirse”, está llena de contradicciones que pasan desapercibidas por sus consumidores (yo, una de ellas). La gama de producción en frases célebres para sentirte mejor van desde el azote extremo de la Madre Teresa de Calcuta invitándonos a aguantar vara: “ama hasta que duela y sigue amando hasta que deje de doler”, hasta las anónimas sobre no arrepentirse de nada, la debilidad que supone el sufrimiento, la maldad del rencor, el sinsentido del dolor, el infierno de la soledad y el desperdicio de tiempo que invertimos en la tristeza.

Creo que las frases célebres con las que nos identificamos, popularizamos y compartimos dicen mucho de nosotros y mucho también, de lo que es la sociedad. Eduardo Galeano escribió que: “Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”; no negaré que la frase me caló y me hizo pensar ¿qué tanto de lo que hacemos hoy representa un intento de reivindicación con el pasado?

Hacer las pases con nuestros demonios es un deporte extremo, guardarlos en el closet y negarnos a sentir es la opción; ¿por qué? Porque la sociedad lo aplaude. En algún momento la fortaleza se convirtió en un sinónimo de inmunidad ante el dolor y aunque a ésta la considero un atributo, en nuestro afán de perfección perdemos con singular recurrencia los límites de las cualidades humanas.

No somos máquinas, sentimos –nos guste o no- y a partir de ahí es que aprendemos. No creo que ningún sentimiento sea en vano; que no “valga la pena”; que sea una pérdida de tiempo; un sinsentido; un símbolo de debilidad. Si nos cortan sangramos y si nos lastiman nos duele. El esfuerzo que invertimos tratando de ahogar los sentimientos desgasta y fingirnos piedras en un mundo de carne y hueso no nos fortalece, nos deshumaniza.

¿Por qué debería amar hasta que me duela y -para el colmo- seguir “amando” hasta que dejara de doler? Qué pasaría si en cambio no quiero soportarlo, si estoy enojada, ardida, dolida, molesta. ¿Y qué si quiero llorar porque terminó y no “sonreír porque sucedió”?, si me arrepiento de muchas cosas ¿eso en qué me convierte?

He dedicado mis columnas enteras este semestre a temas que algunos de ustedes podrían considerar burdos, ridículos y hasta tontos. Si lo hago es porque creo en la importancia de las emociones y de su impacto en todo lo que somos, decimos y hacemos. No hay una conciencia colectiva de lo que es la inteligencia emocional pero debería, porque son ellas las que determinan muchos aspectos de nuestra vida. Así que sientan. Porque importa, aprendan de eso y crezcan. Sentir requiere valentía. Sean valientes.

FERNANDA SORIA C.

maria.soriacs@udlap.mx