Ciudadanos del mundo

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La “migración ilegal” no es nada nuevo para México ni para el resto del mundo. Desde los inicios de la huma- nidad las personas se han movido de una tierra a otra en busca de mejores oportunidades. Lo nuevo, sin embargo, es el trato de paria que se les otorga a los recién llegados. Miles de personas se desplazan cada año debido a la po- breza extrema, la violencia o la persecución política, todos buscando un derecho fundamental: sobrevivir.

No todos lo consiguen.

Hace ya varios meses que Europa se declara en “crisis” debido a los inmigrantes ilegales que llegan desde los rin- cones más pobres y violentos del mundo en busca de un nuevo inicio. Los llaman inmigrantes, no refugiados, ¿por qué?, ¿no son acaso, la pobreza y el hambre formas de violencia?, ¿no es la misma necesidad de salvar la propia vida la que les lleva a estos extremos desesperados?

Cuando una familia entera está dispuesta a arriesgarse a morir con tal de salir de un lugar; cuando el riesgo de morir asfixiado en un camión, o ahogado en el mar, o ser vendido a traficantes de personas, es menor al riesgo de quedarse en su país de origen, ¿no nos dice eso suficiente sobre la desesperación en la que estos refugiados viven?, ¿no debería despertar en los mandatarios europeos al me- nos una pizca de humanidad o piedad?

No, al parecer no. Su gente está demasiado preocupada con leyendas de que los recién llegados les quitarán sus trabajos, que traerán con ellos la misma pobreza y violencia de la que tan urgentemente huyen. Son gente privilegiada que teme a las personas más aterrorizadas del mundo. ¡Vaya ironía!

Cuando aparece la imagen de un niño sirio ahogado en una playa de Turquía, los mismos que lo rechazaron a él y a su familia mientras huían de la guerra, se santiguan, lloran, y hacen homenajes a un niño que lo único que quería era el derecho a sobrevivir. Lo que no ven, es a los otros niños. Niños ahogados en medio del mar, donde nadie les tomó fotografías, niños muertos en la guerra que no lle- garon a huir, niños tratados como parásitos en el mismo lugar del que esperaban obtener refugio. ¿Cuántos niños más, hasta que aprendamos?

No se deberían requerir “papeles” para ser considerado persona. No se debería morir en la búsqueda de una vida mejor.

Sofía Marlasca Couoh

sofia.marlascach@udlap.mx