Nadie racionaliza las relaciones. No mamen. Podemos ser eruditos, genios, mujeres empoderadas, hombres exitosos, personas educadas, que se aman a sí mismas, que se res- petan y se dan a respetar, y sin embargo, siempre existe la posibilidad de caer en una espiral sin fondo en relaciones abusivas, viciadas y horribles: pesadillas de terror. La ver- dad es una: nadie escarmienta en vida ajena.
Lo más fácil siempre es estar del lado del espectador. De mis mejores amigas, soy la campeona invicta de las peo- res relaciones, tanto, que inventaron una nueva escala para medir sus fracasos amorosos “del 0 al Soria ¿qué tan mal te ha tratado cupido?” (por cierto, siéntanse libres de usarla). No me enorgullece y tampoco me avergüenza. Siempre me he preguntado que si soy tan inteligente como la gente cree que soy ¿por qué nunca he sabido retirarme a tiempo de una mala relación? La respuesta es simple: porque el amor nada tiene que ver con la inteligencia.
Sé de sobra que las relaciones abusivas son más una re- gla que una excepción, que me atrajo el masoquismo de sa- ber cuánto más podía aguantar, que muchas veces yo fui la que más daño se hizo, que me creí Dios jurándome el poder de cambiar los malos hábitos del patán en cuestión y que, aunque nunca me pegaron, se sintió como si lo hicieran. Sé también que todo eso me marcó, que los corazones rotos son una maldita injusticia y sé, que hasta que no estuve ahí, no pude entender la psicología del abuso.
Es muy fácil soltar opiniones y en mi peregrinación por las relaciones abusivas me han dicho de todo: “si no te quiere, déjalo”, “si te engañó, no lo perdones”, “mereces algo mejor y primero estás tú” –y el más doloroso–“quiérete tantito”. Todas ellas tuvieron algo de verdad, pero ninguna me dijo algo que yo ignorara. Si quieren ayudar a alguien a salir de la espiral del terror que supone una relación abusi- va, mi sugerencia es una: traten de entender.
Les impresionaría saber lo que la amabilidad puede ha- cer en alguien que sufre por una relación. Cuando yo estu- ve ahí, buscaba desesperadamente a alguien que pudiera escucharme sin juzgar, sin presionarme, sin exigirme y sin reproducir las frases trilladas que de nada sirven y que en nada ayudan. Nadie se libera hasta que quiere –esa es la primera regla de esta adicción–, y el resto no tenemos vela en el entierro. No nos corresponde. Pero el hecho de que debamos hacerlo solos, no significa que lo hagamos en so- ledad. Pidan ayuda, den compañía, sean pacientes y traten de ponerse en su lugar.
Algunos de nosotros debemos aprender a construir lí- mites (porque no nacimos con ellos), a dejar ir, a dejar de llorar, de culparnos, de insistir y a valorarnos en su justa dimensión. Es un aprendizaje y lo que buenas cosas deja… nunca ha sido fácil.
FERNANDA SORIA C.
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