Me he dado cuenta de una realidad que me tiene bastante deprimido: hay demasiadas personas en este mundo; demasiadas historias maravillosas que están siendo contadas, demasiadas sonrisas, demasiados momentos tristes en los que pude o podría estar, y no estaré. Realidades paralelas a la mía, de las que no formaré parte.
Debido a eso, tuve que idearme un plan de contingencia, algo que fuera útil y que me gustara. El resultado, una de mis mayores pasiones: escribir cartas. Escribí 20 cartas con un mensaje que podría resultar útil en algún momento y me di a la tarea de repartírselas a aquellas personas a quienes creyese las necesitaran. De esta manera, por lo menos en eso, un choque de dedos, unas palabras escritas, un intercambio de sonrisas, podría dar mi granito de arena en la vida de esas personas.
El resultado fue satisfactorio.
Un par de personas, después de leer su carta, corrieron tras de mí para darme un abrazo. Otras, como era de esperarse, tiraron su carta a la basura en cuanto me fui (a lo mucho tres). La mayoría me regaló una sonrisa maravillosa, auténtica, como la de un niño. Una persona llegó a clase de Español con una cara agobiada, tristona, por lo que le di una carta. No tuve opción de huir antes de recibir un beso en la mejilla.
Así es la cosa. Por más miedo que a muchos les dé, un “hola” sí puede dar resultados. Casi un mes después, voy a la suite de una amiga y aún veo una de mis cartitas guardada con cariño. Regalar cariño, sin esperar nada a cambio, sólo porque sí, da más de lo que uno esperaría: cariño genuino. Ése es mi consejo, salgan y conozcan a un extraño. Recuerden, hay más de siete mil millones de historias siendo contadas en este mundo; no sabemos cuáles pueden ser perpendiculares. Créanme, ser amigable, sí sirve.
Segundo consejo: si pueden, salgan a tocar el ukelele. Eso también puede alegrar un día o dos (el suyo, por lo menos).
ERIC CETINA K.
eric.centinakn@udlap.mx