Mi mañana de hoy pasó por varias etapas.

Primera etapa: La misantropía. Me levanto a las cinco y media de la mañana y a esa hora no se puede amar a nadie.

Segunda etapa: El delirio. Comienzo a despertar, me dan un aventón en convertible a la escuela y empiezo a dudar si estoy bien como humano o si mi nacimiento fue un error divino y debí haber nacido perro.

Tercera Etapa: La memoria. Camino por la escuela y veo, como todos los días, pero con peor humor que de costumbre, una placa con un nombre grabado en grande hasta arriba: Gustavo Díaz Or- daz (666, para los mortales).

Sí, quizá la placa no sea en honor a Díaz Ordaz – está ahí por- que él inauguró algo-, pero el hecho de ver su nombre en grande –como si fuese un buen nombre- me causó mucho conflicto.

Como todos recordarán (porque no debe olvidarse), Díaz Or- daz fue el autor intelectual detrás del crimen de Estado más im- portante de la historia de México: el asesinato y desaparición de cientos de estudiantes que se manifestaron en la Plaza de las Tres Culturas. Un hecho que nos marcó a todos, incluso a ellos que, como yo, no vivieron en esa época pero se enteraron por libros o por las historias de boca en boca.

Ya pasó el 2 de octubre. No lo he olvidado. Soy estudiante y cada día paso junto a una placa que presume la presencia en un evento de ése que asesinó a mis iguales, que acabó con futuros, que fue la cúspide del periodo de represión más significativo de nuestra his- toria. ¿Qué justificación tiene una institución educativa para man- tener un monumento que presume a un asesino? Más que irónico, resulta ofensivo.

Nuestros monumentos son nuestra memoria histórica. En Pue- bla, por ejemplo, el boulevard 2 de Octubre antes tenía el nombre de boulevard Díaz Ordaz. Como nación, como pueblo, no podemos darnos el lujo de dar renombre a criminales. Podríamos terminar haciendo narcocorridos y amando al Chapo. (Momento…)

ERIC H. CETINA KARSTEN

eric.cetinakn@udlap.mx