Cuando me fui de intercambio a Alemania, aprendí una frase que utilizaban para decir adiós sin decirlo: man sieht sich immer zweimal im leben (todo el mundo se encuentra siempre dos veces en la vida). Aunque ya han pasado 7 años desde eso, trato de recordármela casi a diario con la esperanza de superar mi terror a los cambios; he llegado a creer que nada es definitivo, ni siquiera una despedida. Todo vuelve, no importa cuándo, dónde, ni en que circunstancia… el adiós que no involucra a la muerte, nunca es para siempre.
Hace 5 años, según yo –y mi cabecita recién salida del horno de la pubertad– estaba enamoradísima de un artista, y no miento, el personaje en cuestión era un pintor, poeta, músico, escritor y todas sus variantes. Tuvimos una relación preciosa… y completamente imaginaria, creo que nunca estuvo consiente del amor que yo le profesaba, es más, podría asegurarles que aún hoy, lo ignora (aunque en mi mente fuimos una pareja muy feliz).
Él se fue a Italia a estudiar arte (OBVIAMENTE) y yo, me quede aquí, esclavizada al sistema de educación básica, obligada a terminar la prepa. Meses después, me empezó a escribir cartas –cartas de poeta–, y mi cerebro, con doctorado en mal viajarse, hizo lo suyo ( en mi cabeza ya teníamos nietos). Después de un año de mi romance con la correspondencia, las cartas desaparecieron junto con él, y así mis sueños por convertirme en la esposa del Octavio Paz de mi época, se hicieron polvo.
Supe que muchas cosas acontecieron en su vida, cosas que nadie puede controlar, y de a poco, lo agregué a mis historias de amor fallidas, un personaje más de mis anécdotas en La Catarina.
Me lo encontré esta semana en la Universidad, después de cinco años de que le celebrara un funeral mental, y aunque siempre creí que tendría cosas para contarle y que a él le faltaría tiempo para explicarme, el silencio nos pesó más. No había nada ya que decirnos.
Las despedidas no avisan su llegada, quizá por eso duelen tanto, son el ideal de la incertidumbre asegurada: no sabemos cuánto durarán, qué haremos a partir de entonces ni cómo enfrentarlas. Pareciera que éstas se empeñan en ser el invitado incómodo de las relaciones, un colado en las historias. Con cada despedida, siento que tengo muchísimo más por decir, que me faltó tiempo, palabras, argumentos, disculpas, oportunidades, siento que algo me arrebatan, sin consultarme antes. De pronto, olvidamos que el mundo es redondo, que todo vuelve y que quizá cuando lo haga ya no seremos los mismos, las despedidas también cobran sentido y ¿quién sabe? tal vez… ya no tendremos mucho más que decir.
Fernanda Soria Cruz
maria.soriacz@udlap.mx
