Becados y orgullosos

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Es curioso cómo a veces, necesitamos atravesar por millones de situaciones, derramar mares de lágrimas y tener cientos de pérdidas para aprender una sola lección. La vida me ha enseñado de muchas formas y en repetidas ocasiones, que no soy lo que tengo y que no dejé de ser, por aquello que perdí; últimamente me he puesto a pensar que si efectivamente eres lo que tienes y lo pierdes, entonces ¿qué eres? La respuesta lógica sería: nada.

A los cinco años, experimenté por primera vez lo que se siente estar perdida, mi mamá había tirado mi muñeca favorita en uno de sus ataques de “Maestro Limpio”, en el que decide –a base de un tin marin– lo que se queda porque sirve y lo que se tira a la basura. Yo estaba devastada. Ana (mi muñeca) había pasado a mejor vida y yo era su madre, ahora sin ella… yo no era nada. Entre mis trece y dieciséis años tuve una enorme crisis de identidad, literalmente no sabía quién era y como buena puberta, coloqué todo mi valor como persona en mis “amigos”. Hice un esfuerzo gigantesco por pertenecer a sus grupos, por actuar, vestir, hablar y ser como ellos, por esconder mis gustos ñoños en el clóset, por encontrarle un sentido a sus conversaciones vacías y por convencerme que “ser cool” en realidad era cool. Creo que nunca me creyeron, con el tiempo, me cansé de pretender ser una pieza de Lego (idéntica al resto, de plástico y un completo dolor de huevos) y ¿adivinen qué? Mis “amigos” desaparecieron. A los diecisiete, tuve un novio nefasto, alias Voldemort, que tuvo una serie de defectos interminables, pero sin duda la peor, era su prepotencia. Me enamoré de un niño que estaba más enamorado de su apellido que de mí y que creía que la gente le debía respeto por la sencilla razón de ser él. Su Majestad, valoraba a las personas en proporción a su poder, popularidad y dinero, terminó por dejarme, y sus amigos por dejarlo a él y mucho tiempo después, supe lo feo que es sentir lástima por alguien.

Creí que en la universidad, las personas se valorarían –a sí mismos y a otros– por las razones correctas: su calidad humana, su esfuerzo, su trabajo, su capacidad de amar, de sentir empatía, de ayudar, de perdonar, de seguir adelante… y estaba equivocada. Pobre país. La realidad es que, en nuestro diminuto universo llamado (inserte el nombre de la universidad de su preferencia), la ignorancia sigue siendo una epidemia y los infectados no saben hacer otra cosa que colocar etiquetas pendejas a diestra y siniestra. La más común de todas: “puto becado”.

Así, tal cual, la he escuchado más de una vez y mi mente siempre se queda en blanco. Por piedad, alguien explíqueme el significado de tan respetable frase, porque yo no la entiendo. Para mí, es imposible concebir que existan universitarios –jóvenes privilegiados y razonablemente educados– que crean que llamar “becado” a alguien es igual a insultarlo. Así como me parece ridículo que se refieran a ellos y a mí como “pinches pobres”, “pobres gatos”, “la prole becada”, “los indios con beca” y todos sus derivados… ¿qué estamos pendejos o qué?

Para ser la generación del milenio, estamos jodidos si no podemos deshacernos de prejuicios tan burdos y crueles y por el contrario, andamos jugando todos a ser Paulina Peña –hija del presidente y carente de materia gris– creyendo que el dinero te gana el respeto del mundo y te da el derecho de sentirte más.

Es patético que vivamos en una sociedad de personas preparadas y profesionistas del futuro que maltraten con palabras, adjetivos y etiquetas a personas que se ganaron un lugar en la universidad sin comprarlo y gracias a su excelencia, porque empecemos por lo más importante: tener una beca – deportiva, académica, empresarial, etc.– es UN MOTIVO DE ORGULLO.

En todos los países desarrollados del mundo, la educación es un mecanismo de movilidad social, es una oportunidad abierta a todos los que estén dispuestos a esforzarse, es la esperanza de una vida mejor con base en el mérito propio. Estados Unidos es el país que más becas otorga en el mundo anualmente ¿o ustedes por qué pensaban que es el líder mundial? Me gustaría llevar a todos los que a diario acuñan el término “putos becados” a las universidades gringas, que se atrevan a compartir su perspectiva sobre la vergüenza de estar becado y después observar como el 95% de la comunidad se le va encima por pendejo e ignorante.

La educación es – o debería ser– el lugar común de las sociedades; un espacio en el que todo: nuestro color de piel, complexión, forma de vestir, religión, estatus, dinero y cuentas bancarias, quedará subordinado a un solo interés colectivo: el de aprender y aportar. Es una lástima que el poder adquisitivo sea la carta de presentación de muchos universitarios porque, en primer lugar, el varo ni les pertenece a ellos, es de papi, no se lo ganaron, lo limosnearon a base de caritas de perrito, chantaje y berrinches; en segunda, porque ni con todo el dinero del mundo pueden comprar la quinta parte de la capacidad mental de un “indio con beca”; y en tercera, porque sufren de una enfermedad terminal: la de la estupidez . “La prole becada” como alguna vez fue bautizada, es la prueba de que en este país queda esperanza, que no todo está perdido, a diferencia de quienes los menosprecian, los becados ya saben que el esfuerzo paga, que el dinero no cae de los árboles, que papi no es un cajero y que si hoy lo perdieran todo, mañana lo reconstruirían desde cero, PORQUE PUEDEN. Eso vale, su excelencia vale, ustedes valen y cuando lo sepan… las Paulina Peña del mundo, podrán decir lo que quieran.

Fernanda Soria Cruz

maria.soriacs@udlap.mx