En la universidad, ¡evite el exceso!

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Todos se dan cuenta de que crecemos menos nosotros. De todas las etapas de la vida humana por las que he pasado, sin duda, la pubertad fue la peor: tenía brackets, el fleco recto, un cuerpo deforme, la voz de pito, unos cachetes que podrían haber tenido vida propia y un carácter de miedo. La pubertad fue el Jueves Negro de mi vida, tanto así que mi novio no dejó de llamarme puberta –a modo de insulto– hasta que continuar con su chistesito le habría dado la fama de pedófilo enfermo (en otras palabras, le empecé a gustar).

Cuando veo las fotos de hace diez años (cuando tenía trece) pienso en dos cosas: la primera, que me vestía horrible, supongo que un día me desperté y me convencí de que combinar mi ropa con el color de las ligas de mis brackets era buena idea (tan convencida estaba de que era cool, que fue un patrón de conducta constante durante casi dos años); y la segunda, que casi todo el tiempo estaba enojada: nadie me entendía. Yo era una adulta y mis papás no me soltaban la correa. En ese entonces, me sentía en la cúspide de la maduración intelectual, estaba segura que sería fácil sobrevivir sola, que lo sabía todo de la vida, quería demostrar que podía comerme al mundo… sin vomitar en el proceso. Obviamente estaba bien pendeja.

Si alguien hubiera cuidado de mí cuando entré a la universidad, como lo hicieron mis papás en mis años de pubertad, las cosas me hubieran resultado más fáciles. De los doce a los dieciséis no tomamos en serio los consejos porque creemos no necesitarlos, de los diecisiete a los veinte aprendemos que las lecciones de la vida duelen y duelen mucho y de los veintiuno a los (les avisaré cuando lo sepa) caminamos adoloridos por la vida, con las rodillas raspadas, los codos con sangre, las costillas rotas y cojeando.. todo por no escuchar los consejos que nos dieron, ¡sorpresa, nuestros papás tenían razón en todo!

A pesar de eso, parte de mí cree que la manera más efectiva de aprender es partiéndose la madre, después de todo, la única manera de saber que jugar con fuego está mal es después de quemarse. Ahora que tengo casi medio cuerpo fuera de la universidad, me doy cuenta de lo mucho que crecí cuando veo a todos los demás cometer exactamente las mismas tonterías que yo en su semestre; y por primera vez siento que la universidad ya hizo conmigo lo que tenía que hacer. Hoy, quiero transmitirles la sabiduría de mis moretones sin la necesidad de que se azoten con la puerta; si algo aprendí de mi vida aquí, fue a dominar lo que yo llamo: “el arte de no exceder”.

Si pueden hacer algo por ustedes a partir de ahora, que sea eso. No excedan. No salgan de lunes a lunes, porque además de que se van a declarar en moratoria de pagos más rápido de lo que creen, se van a ganar un par de ojeras hermosas, kilos de más, calificaciones mediocres y deudas de sueño.

No excedan cuando tomen y si exceden no manejen; el alcohol es traicionero, mentiroso y a veces, asesino. No apuesten su vida en una noche de borrachera, somos jóvenes, no inmortales. Les prometo que no vale la pena.

No excedan experimentando, no se metan madres de las que no saben nada, no lo hagan con desconocidos, no se droguen todos a la vez. No vendan sus sentidos y su juicio a una tacha que “el primo de un amigo le dio a la roomie de la novia de su hermano”, ahora que ya son libres, no se esclavicen a la coca, al LSD, a la heroína.

Tampoco excedan en ponerse el traje de Superman. A nadie le tienen por qué demostrar que son capaces de todo, a nadie le importa si son estudiantes modelo, trabajan medio tiempo, salvan vidas por la noche, dan clases y en sus ratos libres encuentran la cura universal del cáncer. Llegará el punto en el que se cansen de ser tan perfectos y en el que se den cuenta, que la perfección no es sinónimo de felicidad.

No excedan en el amor, en el trabajo, en la limpieza, en los estudios, en el sexo, en el ejercicio, en la exigencia, no excedan procrastinando. No se casen con ideologías, partidos o puntos de vista (les juro que al salir pensarán lo contrario), no futuricen con su pareja en turno ni con lo que harán en cinco años, no acumulen expectativas, no critiquen a la niña que detestan (al salir de la carrera será su mejor amiga) y no pasen por encima nadie… mañana ustedes necesitarán ayuda. Estas son carreras… no carreritas y en el transcurso de ellas, nos cambia la vida.

Fernanda Soria Cruz
maria.soriacs@udlap.mx