Toda mi vida me dijeron que no caminara sola de noche y que tuviera cuidado en los bares y antros. En lo que va de mi vida nunca había seguido ese consejo, hasta que llegué a Cholula. En mis primeros semestres me sentí segura caminando en la 14, no importaba si eran las tres de la tarde o las tres de la mañana. El ambiente universitario me convenció de que los peligros de la calle no aplicaban necesariamente ahí.
Como estudiantes de la UDLAP, debemos admitir que dependemos de esa calle. Es nuestro territorio: es donde salimos, comemos, descansamos, etcétera. En este lugar tan importante para nosotros existen ciertas reglas, normas que aunque no las decimos, sabemos que están ahí. Por ejemplo, lo innecesario que es usar tacones en Cholula; nunca cuestionarnos qué tipo de alcohol sirven en varios de los bares; que entrar a Central en pijama es posible; que gastarse más de 100 pesos en una noche es una estafa; y sobre todo, que tenemos la responsabilidad de cuidarnos entre todos. Aunque no nos conozcamos, la gran mayoría ayuda a quien se lo pida o interviene si lo considera pertinente. Lamentablemente no todos siguen estas normas y algunos chavos se aprovechan de la confianza con la que nos movemos.
El semestre pasado, una noche regresaba al Bernal con mis roomies, eran más o menos las dos de la madrugada cuando un Vocho blanco se orilló cerca de nosotras. Dentro del coche había por lo menos cinco chavos: uno de ellos nos preguntó que si estábamos bien; una de nosotras le respondió que sí. Al parecer no escucharon bien porque se estacionaron unos metros delante de nosotras y dos de ellos se bajaron. Parecían estar bastante borrachos, uno se acercó y nos ofreció agua mineral. No la aceptamos, una de mis roomies les dijo que “no, gracias”, que ya teníamos, y antes de que alguna de las tres pudiera hacer algo, uno de los chavos le arrancó la bolsa a mi compañera y los tres se dieron a la fuga.
Honestamente, yo entré en shock, no fui capaz de hacer nada que no fuera gritar. Mi roomie corrió detrás de los chavos, atrapó al que le había robado, lo tomó por el cuello y comenzó a ahorcarlo. Unos minutos después recuperó la bolsa y los otros dos regresaron a su coche y arrancaron casi de inmediato.
El final de esta anécdota está padre –incluso se podría considerar chistosa– pero no dejo de pensar en tantas cosas que pudieron salir mal. Esta vez nos asaltaron unos adoslecentes borrachos, pero ¿qué hubiera pasado si alguno hubiera sacado un cuchillo o si hubieran golpeado a mi roomie?
La mejor opción es estar alerta, no dejar que nuestros amigos se regresen solos muy tarde y evitar situaciones en las que estemos demasiado expuestos. Si no pasó nada fue por pura suerte y no todos la tenemos.
Por: Mariana Ramírez López
mariana.ramirezlz@udlap.mx