Cargando saco ajeno

—¿Ya le hablaste? —me soltó mi vieja con ese tonito entre molesto y retador que siempre usa. 

—Nel. 

—¿Y piensas hacerlo? 

—Tampoco. 

—¿Entonces en qué demonios estás pensando? 

—En qué vamos a tragar.

Y así se fue la charla, igual que ayer, igual que antier, igual que los últimos siete días. Mi jefe andaba necio, llamando a la casa como si no hubiera un mañana, y cuando vio que no le contestaba, mandó a mi jefa a que me echara la bronca también. La neta, no todas las discusiones con mi vieja son como esa, pero siempre acaban igual: yo cambiando de tema para no hablar de lo que no quiero. El caso es que llevo un buen rato sin dirigirme bien a mi papá. Creo que desde que me gradué de arquitectura y tuvimos esa plática medio incómoda donde, si no me falla la traducción, me dijo que estaba orgulloso de mí, o por lo menos eso quiero creer. Ahí pudo haber empezado una relación decente con él, pero la neta no tengo ganas de contestarle.

Cuando mi jefe llama, siempre es por una de dos cosas: pedirme lana y apostarla en el Puebla, jurando que ahora sí ganarán, o para platicar tantito y luego pedirme que convenza a mis carnales de que también le presten. “Tu papá es un huevón convenenciero”, decía mi mamá, echando pestes de él después de pelearse por cosas tan simples como quién firmaba mis reportes o a quién se le olvidó comprar la coca para la comida. Cualquier cosa que requiriera una decisión, era motivo de bronca.

Pero mi papá no siempre fue así. De hecho, antes era peor. De morros, era bien obvio a quiénes prefería: a mis hermanos, Germán y Edgar, sus consentidos. Ellos eran el sueño de cualquier papá que, después de joderse la rodilla, esperaba que sus hijos lo hicieran brillar. Ellos cargaban con la presión y la fama de mi jefe en las fuerzas básicas del Puebla. Todo iba de lujo… hasta que llegué yo. El gordito raro que no jugaba fútbol, ni me interesaba. Yo era el que se sentaba al fondo de la clase y, para rematar, prefería quedarme dibujando en el recreo en lugar de patear un balón.

Más de una vez me regañaron porque no quería hacer ni madres en la clase de educación física. El profe Pedraza, que resultó ser un maldito pedófilo, estaba preocupado por mi “actitud”. Ya todos sabían lo que no era ningún secreto: a Carlitos no le gustaba el fútbol ni la actividad física. A mi jefe le cayó como una patada en el hígado, y de regreso a casa me soltó un sermón de quince minutos, entremezclando un “eres maricón” y un “yo a tu edad jugaba en el Puebla”. Mi jefa, mientras tanto, solo asentía, y de vez en cuando soltaba un tibio “Paco, no le digas así al niño”, como para que no me doliera tanto.

Me pusieron Carlos por Carlos Poblete. Mi jefe, loco por el Puebla, tenía la genial idea de ponerme «Poblete» de primer nombre. Poblete Morales, ¡imagínate el pinche combo! Menos mal que mi jefa lo convenció de que sería una crueldad, y se conformaron con Carlos, pero cada vez que lo cuenta, lo hace ver como si fuera el sacrificio más grande de su vida.

Las reuniones de los “Fans de la Franja Cholula” eran otro nivel de locura. Catorce weyes metidos en una salita donde apenas cabían cinco personas sin ahogarse en sudor, chela y humo de cigarro. Todos con sus playeras del Puebla que ya ni blanco ni azul eran, más bien amarillentas de lo desgastadas. Pero ahí estaban, semana tras semana, como si esos partidos fueran a cambiarles la vida.

Y yo, como siempre, el blanco de las bromas de mi jefe. En cuanto cruzaba la puerta, ya sabía lo que se venía. —¡Ahí viene mi goleador, el futuro Poblete, muchachos! —gritaba mi papá, alzando la chela como si estuviera brindando por un título que el Puebla nunca ganaría. Los compadres, ya medio pedos, se carcajeaban, como si nunca hubieran escuchado esa estúpida broma…

Espera la siguiente entrega el 2 de octubre

Gael Rodríguez Álvarez

Reportero de Lado Alterno

gael.rodriguezaz@udlap.mx

Ilustración: Luciana Vásquez Torres