Sentí cómo me empezaba a sudar la frente otra vez, pero no por el calor ni por la caminata de treinta y cinco minutos que me había aventado, sino por pensar en qué demonios haría cuando llegara ese día. Magnolia me lanzó una mirada y me sonrió, como si no le importara ni tantito todo lo que pasaba por mi mente. Para ella, todo era sencillo. Pero yo, yo ya estaba pensando en mil maneras de evitar esa visita a mi casa, aunque sabía que, tarde o temprano, iba a tener que enfrentarme a esa situación.
La comida terminó, y con ella, la tortura de dejar atrás mi actitud de barrio para adaptarme al mundo de los señores trajeados, los cuadros feos y, lo peor, el cambio de mi amada coca por esa pinche agua de fresa-limón. Todo el protocolo social seguía, porque no podía simplemente huir; no, los papás de Magnolia me acompañaron hasta la puerta, como si realmente les doliera mi partida, como si perderme a mí fuera perder a un hijo. Claro, también iba Sarita, porque no eran ni para abrir la maldita puerta solos.
Sarita, como toda buena trabajadora de la casa, me devolvió mi chamarra sudada y apestosa con una sonrisa discreta, mientras los señores seguían fingiendo que mi visita había sido un momento significativo en sus vidas. Don Rufino, whisky en mano, me ofreció llevarme a mi casa. Lo negué de inmediato, no porque no quisiera, sino porque prefería que el estado de mi barrio y mi casa fuera una «grata» sorpresa cuando se animaran a ir.
Ya me preparaba mentalmente para el largo viaje de regreso, con el sol bajando y la preocupación de llegar antes de que cayera la noche, para evitar que me asaltaran en el camino. Y justo cuando pensaba que lo peor había pasado, Doña Magnolia me detuvo con su voz suave y educada:
—Oye, Carlos, no te vayas todavía. ¿Qué día podríamos ir a conocer a tus papás?
Sentí un nudo en el estómago. Maldita sea. Don Rufino, por si fuera poco, le echó más leña al fuego:
—El viernes, ¿no?
Y ahí estaba yo, con la oportunidad perfecta para inventarme una tragedia familiar, decir que toda mi familia había muerto y que en realidad era un pobre huérfano. Pero no, los nervios me ganaron y, antes de darme cuenta, ya estaba diciendo que sí, que el viernes estaba perfecto.
Así que, ahí quedó el cagadero. El viernes, después de la escuela, Magnolia iba a venir a mi casa. Ya podía imaginarme el desmadre: mi jefe en la entrada, con su camiseta del Puebla, esa viejita de temporadas pasadas que portaba como armadura. En una mano, su chela bien fría; en la otra, el control de la tele, mentándole la madre a los jugadores como si lo escucharan desde el estadio y, de milagro, remontaran el cuatro a uno contra el América. Mis dos hermanos, entrenando de manera clandestina en el patio y peleándose de quien está haciendo los ejercicios bien, y visitando de manera intermitente la sala para ver el partido y mentarle la madre a los jugadores también.
No había vuelta atrás.
Caminé a casa imaginando la peor escena posible. Magnolia, con su acento fresón y su sonrisa de brackets, entrando al caos organizado que era mi casa. El olor a guisado de mi mamá, que siempre invadía la cocina; mis hermanos mayores burlándose desde algún rincón, y yo sudando frío, tratando de que no se notara lo mucho que me preocupaba que Magnolia viera todo el desmadre. Pero lo que más me preocupaba era mi jefe. Sabía que, si estaba viendo el partido, no iba a controlar sus comentarios fuera de lugar.
Llegué a casa con el estómago revuelto, pensando en cómo suavizar la noticia. Decidí empezar por mi mamá, que al menos siempre tenía un poco más de control sobre las cosas.
—Oye, jefa, ¿te acuerdas de Magnolia? —le pregunté mientras la veía acomodar la cocina, intentando sonar casual.
—Sí, mijo, ¿qué pasa con ella? —me respondió sin dejar de mover la cuchara en el sartén.
—Pues… va a venir el viernes a la casa. Nomás ella.
Mi mamá dejó de mover la cuchara y me miró como si le hubiera dicho que el mundo se acababa.
—¿Cómo que va a venir aquí? ¿A esta casa? ¿El viernes? —repitió, como si no le cuadrara lo que acababa de escuchar.
—Sí, jefa. Quiere conocer dónde vivo. Ya ves cómo son en su casa, como que quieren ver dónde crece uno.
—¡Ay, Dios mío! ¡Pero si ni hemos recogido bien! ¿Y tu papá? ¡Ese hombre seguro va a estar de huevón en el sillón!
—Por eso te lo digo primero, jefa, para que me ayudes. No quiero que mi jefe la espante.
Mi mamá suspiró y dejó la cuchara a un lado.
—Está bien, mijo. Voy a intentar que tu papá se porte bien, aunque sea por un día. Y tú también échame la mano, no me dejes todo a mí.
Gael Rodríguez Álvarez
Reportero de Lado Alterno