Hurgar la memoria: Primer Lugar

Antaño, si mal no recuerdo,
mi vida era un festín en el que todos los corazones se abrían,
en el que todos los vinos se escanciaban.

Rimbaud
Para Guilhem, dans ton corps, un règne

«Si la muerte es un callejón sin salida, entonces la memoria equivale mirar ahí con el rabillo del ojo: recordar es un placer más o menos accesible». Debates la oración mientras caminas a tu estudio sobre la 14 Ote., dejando atrás el Colegio Gaos, ya queriendo anotar la idea en tu bitácora, así, tal cual ha sido pensada, pues te concentras en lo importante: en el tacto metálico de P.Y.G.M.A, la creación oculta bajo tu palma nerviosa, la mano escondida en bolsillo lateral izquierdo de la chaqueta, los dedos jugueteando el dispositivo en forma de ovalo, limpio en su diseño, provisto de finísimos capilares que pronto se adherirán por encima de tu oreja derecha. Vas de prisa, con la idea imposible de que tus intenciones puedan ventilarse tan pronto sean invocadas.  

Llegas a tu estudio. La tranquilidad de tus pertenencias te reconforta.

Limpias el sudor de tu frente brillante, retiras la chaqueta, desabotonas la camisa, te descalzas. Enciendes las computadoras. «Calma, el tiempo es tuyo». Dejas a P.Y.G.M.A en el alféizar de la ventana, la luz cae sobre el dispositivo. Puedes ver las marcas de tus yemas sobre el metal: toda creación delata algo de su autor. Y sonríes. La mañana es un lento desfile de nubes violáceas desplegándose en las tierras cada vez más erosionadas. Subes al segundo piso, a la cocina, bebes agua, abres la puerta del refrigerador. Te dices: «Este armario frío es también un callejón sin salida, qué cosa no lo es», y la prolongación de este pensamiento adormece el apetito por ahora: bien sabes que sentado a la mesa, la tarde promete un platillo exquisito. Antes de cerrar el refrigerador, ves la bolsa con la carne de pollo crudo al fondo. 

El trayecto de la cocina al estudio ni siquiera lo sientes, tan abstraído estás que dejas la puerta a tu cuarto ligeramente entreabierta. Las computadoras están calientes. Corren, obedecen. Se sincronizan con P.Y.G.M.A de manera automática. Abres la bitácora. En la primera entrada, de hace cuatro años, se lee: 

26 de octubre de 2099. San Andrés Cholula, Puebla. Estudiante del doctorado en Neurociencias y Comportamiento Humano. La cuestión es recabar información suficiente sobre el hipocampo, el neocórtex y la amígdala; entender cómo se indexan las memorias episódicas, cuáles son sus límites sensoriales, y describir las vías que permiten revisitar estos fragmentos de vida a través del verbo recordar (del lat. recordis): volver a pasar por el corazón. 

Vas al final del archivo. En la entrada más reciente de la bitácora, de hace un día, tú escribiste:

31 de octubre de 2103 […] P.Y.G.M.A es el resultado de noches de fracaso y del mejoramiento continuo, impulsado tanto por el quehacer científico como por motivos más egoístas, si la honestidad tiene cabida. Toda investigación es una inquietud frente al mundo que busca ser domada. Seré el primero en experimentar con este dispositivo. 

Así que tomas a P.Y.G.M.A del alféizar, y te olvidas del protocolo que has diseñado, del manual de usuario que con esmero escribiste. El periférico metálico se incrusta a tu cabeza, por el lateral derecho, y cada capilar es un ligero cosquilleo, estímulo tras estímulo que inicia un proceso de autogestión dirigido.

«Entonces la memoria es esto»: ingenuo, hurgas en el sistema de límites difusos que es tu mente, un mapa interconectado desplegándose a sí mismo bajo el formato de listas de consulta, cada serie de datos clasificada por criterios predefinidos: primero en espacio y tiempo, seguido por la evocación de emociones y sentimientos; cada recuerdo etiquetado por experiencias sensoriales; cada momento asociado a cierto grado de importancia que tú mismo has atribuido. Las listas de recuerdos se desenrollan en las computadoras, cuyas pantallas, en su enormidad pixelada, se reflejan en tus curvas pupilares.

Vas al año 2089, al mes de agosto, al día diecisiete, a las quince horas con trece minutos, ciudad de San Andrés Cholula, veintiún grados, regresas del colegio, es la hora de la comida, eres un adolescente hambriento.  

«Hola, papá». 

Lo ves de espaldas. Está preparando mole, su especialidad. Tu saludo es ajeno al tiempo e inútil, tu saludo llega años tarde. Diseñaste a P.Y.G.M.A para ser incapaz de modificar la estructura de los recuerdos, y más bien, de encargarse de desarrollar las escenas episódicas en sus más espléndidos detalles —tan precisos y vívidos que resultan abrumadores. Te levantas con el dispositivo todavía instalado en tu cabeza, subes otra vez a la cocina, vas al refrigerador y sacas la bolsa con carne de pollo. El recuerdo crece y se pormenoriza mientras abres la alacena. Dispones de todos los ingredientes necesarios sobre la mesa de tu vida presente, de tu mente embebida en esa escena del pasado. Los chiles: mulato, ancho, pasilla; los olores: anís estrella, canela, clavo, pimienta negra, dientes de ajo; el tono dulce: pasitas, tablillas de chocolate, azúcar morena; las semillas, almendras, ajonjolí, los cacahuates; el crujido de un par de bolillos, las tortillas onduladas, duras, la manteca de cerdo y cada elemento que conforma el platillo de tu padre. Con la mitad de tu atención en el ahora, y la otra dedicada a las manos de tu papá que se proyectan a través de P.Y.G.M.A, empiezas cocinar con él y sin él al mismo tiempo. «Ese mole era muy bueno, nunca me tomé el tiempo ni tuve el valor para decirte lo mucho que me gustaba».

Mientras cocinas con la guía de él propagada en tu cabeza, te repites que ese era su lenguaje, la expresión más acabada de su afecto en silencio: la comida caliente servida a la mesa al llegar de clases. De qué servía un recetario genérico si no era para alejarte de ese plato específico: toda instrucción palidecía ante la sazón paterna, inconfundible. «Aprendo tarde, pa, pero aprendo». 

Las ventanas abiertas de la cocina enmarcan el cielo difuminado, del naranja al tímido azul anunciando la noche. Empeñas las horas en atizar este recuerdo tan puro y delicado, remueves en la cazuela de barro la salsa: la memoria. Eres paciente y procuras la espesura; al alcanzarla, sirves una pierna de pollo al centro de un plato, la pieza bañada en un mole terso y brillante salpicado por ajonjolí tostado, el platillo siendo intervenido por tus cubiertos, pues ahora te encuentras sentado a la mesa y te piensas años más joven, más rebelde. «Perdón, papá, pero hacer tu arroz es otra historia». Eres tú y el plato fuerte sin guarniciones. Es tu padre a través de P.Y.G.M.A. La danza de los cubiertos empieza con los cortes de la carne embarrada en mole y desembocan en el paladar, evitando que la salsa se derrame sobre el mantel en el trayecto. Con pedazos de bolillo describes curvas sobre el plato a modo de no desperdiciar mole, como cuando eras adolescente. «Esa era mi forma de decir cuánto me encantaba». 

La noche es un plato vacío.  

Ya habrá tiempo de lavar los trastes, de guardar las cosas en las alacenas, de limpiar la mesa; ahora te levantas, sales de la cocina y regresas a las computadoras, a tu bitácora, en la cual escribes:

1 de noviembre de 2103 […] Cada vez que se accede a un recuerdo, la historia que uno se cuenta a sí mismo se altera en mayor o menor medida. De tanto insistir en ella, ésta solía perder todo sentido… y cuántos años queriendo ir a contracorriente, ¡qué exquisito este paroxismo gastronómico tan bien logrado! 

Recuerdas la oración de la mañana, qué lejanas te resultan esas horas, eras otra persona. Así que desechas ese fragmento de idea matutina. Ahora el verbo recordar te parece obsoleto. Has hecho de él un placer perfectamente accesible. Habrás de buscar una palabra que haga justicia a este día. 

Ignorando el desastre de la cocina, te miras al espejo mientras cepillas los dientes, mientras te pones la pijama y vas a la cama; continuarás explorando las listas de consulta de P.Y.G.M.A, sabiendo que no podrás conciliar el sueño, porque las pantallas habrán de permanecer encendidas para sincronizarse con el dispositivo; porque el cúmulo de datos e información generados hoy también constituirán un recuerdo que podrás consultar tan pronto esté disponible; porque tu invento es un cul-de-sac cuyos planos se encuentran en resguardo, de los cuales conoces los atajos, esas salidas de emergencia ocultas; porque mañana es 2 de noviembre del año 2103, y ya tienes lista la comida preferida del hombre trajeado, atemporal en la foto de la pared donde en este instante se derraman las luces de tus pantallas. Porque bastará el mole ofrendado a tu padre. 


Sobre el autor: José Antonio Acosta González

Inicié estudios en University of Science and Technology Beijing, luego de cursar el Foundation Program en Tianjin University, a través de un estímulo académico por China Scholarship Council en 2020. Receptor de la beca Gobernador del Gobierno del Estado de Tlaxcala el mismo año. Incorporado a la UDLAP en 2022. Miembro del Programa de Honores bajo supervisión del Dr. Navarro de la Escuela de Ciencias. Receptor beca Fundación Telmex-Telcel desde 2023.
Segundo premio del 5º certamen literario de la revista Pretextos literarios por escrito (2019). Primer premio del 9º concurso de cuento de la Universidad Iberoamericana Puebla (2020), obra recogida en Cuentos sabor a menta (Comunidad Universitaria del Golfo Centro, 2024). Antologado en Microcuentos Orgullo Lector por México Lector (2021). Tercer premio del 10º concurso de ensayo de la UDLAP, texto recogido en O sea, ¿ya se acabó la versión de prueba? Significados y zozobras de ser adulto en nuestros días (Fundación Universidad de las Américas Puebla, 2024).
Estoy de intercambio en McGill University, Canadá. Desarrollo el proyecto “Detection technique of microplastics generated from mulch films and rubber tire via non-contact submicron Optical Photothermal Infrared Spectroscopy (O-PTIR) and ImageJ” en Biocolloids and Surfaces Laboratory, bajo supervisión de la Dra. Tufenkji y la Dra. Suchana. Agradecido y rodeado de mentes brillantes.
Escribo para apaciguar a las versiones frustradas que hago de mí desde chiquito. Escribo ya que el don de hablar con elocuencia no me fue otorgado. Escribo para desacelerar mi tren de pensamiento, ese vagón que nos tumba. Escribo cuando hablarse a sí mismo no es suficiente, quiero decir, casi siempre. Escribo dado que es un lugar seguro para ser vulnerable: aquí sí siento encajar. Escribo para sentir la sombra de lo que habrá sentido Rimbaud cuando concibió Una temporada en el infierno. Escribo para conocer a Kaváfis, Feynman, Bohr, Bridgers o Mishima, para habitar con frenesí la luna como quiso Pizarnik. Escribo toda vez que el verbo reescribir existe.