Existen muchas maneras de conmemorar el Día de Muertos, como poner ofrendas, hacer pan de muerto, o escuchar alguna que otra leyenda. De entre tantas voces y saberes podemos escudriñar la memoria de antaño y conocer mitos y leyendas que nos transportan al pasado, a escenarios tan divergentes unos de otros, y a vidas que nunca sabremos si realmente existieron. De entre todo este folklor, existe una, que es mi persona favorita. Leyenda, mito, o historia; desconozco cómo podemos llamarle, dejaré que ustedes decidan.
Dentro de toda la extensión de la Nueva España, a cargo del Virreinato, existía un lugar que casi ningún español conocía, y aquel que lo hacía, deseaba nunca volver. Ya que era un terreno muy difícil de recorrer, y las comunidades estaban en zonas de difícil acceso, lo que hacía complicada la llegada. Pero esto no fue impedimento para los conquistadores, que intentaron imponer su dominio en esta zona, logrando así, de mano de los franciscanos, bautizar este lugar como San Francisco Quetzalan. Años más tarde de la conquista y el nombramiento de este lugar, regía con mucha autoridad el Señor de Quetzalan, encomendado por el Virrey en persona, para gobernar y controlar a los indígenas de la zona. En sus intentos por evitar levantamientos en contra del Virreinato, el Señor de Quetzalan sufrió una herida que amenazaba su vida, por lo que mandó llamar al Capitán Santiago Sensemayá, que era conocido por erradicar idolatrías que estuvieran en contra de la palabra de Dios, para que fuera su sucesor.
Y así fue como el día primero del décimo mes del año, arribó Santiago Sensemayá junto con su esposa y su hijo, al pueblo de San Francisco Quetzalan. El Señor de este poblado los recibió con los brazos abiertos, ofreciendo un banquete en el Palacio Constitucional, en el que había todo tipo de comida tradicional de la región, desde mole, pan, pipián, queso, tamales de frijol, hasta acamayas, exquíhitl, y tayoyos; bebidas como vino de cacao, jobo, chirimoya, y yolixpa, para calentar la barriga y quemar la garganta. Pero nada de esto pareció sorprender al Capitán, que hubiera preferido un buen jamón, unas tapas, o por lo menos un rabo de toro; a diferencia de su hijo, Lorenzo, quien parecía sorprendido e intrigado por toda la diversidad de olores, colores, y sabores. Una vez que todos estuvieron sentados en la gran mesa, y antes de que pudieran probar aquel banquete, el Capitán se dirigió al Señor de Quetzalan:
⎯ Señor mío, me honra con su decisión. Gracias por recibirnos en vuestra casa.
El Señor de Quetzalan replicó:
⎯ Sobra el decoro. Estas tierras ahora son de vosotros, no debéis bajar la guardia. Para vuestro entender, he de explicaros los desinfortunios que han amenazado el poder regente del Virrey. Si tratáredes de avasallar a los indios con el poder de la espada y paso firme, me temo que os encontraréis en desventaja. Haced de modo que los indios se niegan a aceptar el nuevo regimiento; por lo que he solicitado, envíen misioneros franciscanos para evangelizar la región, y liberar a estos indios del infierno. La tarea que he de encomendar a vosotros es la de construir la Iglesia de San Francisco para propagar la palabra del único y verdadero Dios.
El Capitán se mostró preocupado por las hostilidades con los indios, pero a la vez, entusiasmado por su nueva labor. Así que respondió:
⎯ He de cumplir sin falla ni demora, vuestras órdenes mi Señor.
La charla continuó durante la cena, el Señor de Quetzalan daba todos los detalles al Capitán Sensemayá, ahora nuevo Señor de Quetzalan. Discutían sobre la extensión de los terrenos, sobre cuánto tiempo llevaría construir la iglesia, cuánto costaría, y cuánta gente necesitarían. Terminando de hablar de asuntos oficiales, el anterior Señor de Quetzalan, le contó al Capitán Santiago sobre rituales extraños que hacían los indios. Decía que las danzas que hacían eran un pacto con el demonio, y que quemaban polvos para atontar animales. Está claro que, influenciado por las ideas de su época, no dudó en asociar tal tipo de danzas con prácticas demoniacas.
Una tarde, mientras el sol se escondía entre las colinas de la montaña, el Capitán Sensemayá junto con su esposa, revisaban los terrenos, estaban buscando el lugar perfecto para construir la iglesia, cuando de pronto fueron mordidos por una serpiente, y aunque iban acompañados de su séquito, estos no pudieron hacer nada porque el veneno de la culebra era demasiado fuerte. La noticia llegó rápidamente a Lorenzo, que no creía lo sucedido; envuelto entre lágrimas y desasosiego, escuchaba las voces de los sirvientes, que le decían que se había convertido en el nuevo Señor de Quetzalan. La noticia devastó a Lorenzo, y este, desesperado por volver a ver sus padres pidió traer a una bruja para preguntarle qué podía hacer, aunque en realidad no había ya nada por hacer. Esta bruja le dijo que tenía que ir a buscar a la víbora que mordió a sus padres y matarla, para ofrendarla en el día de muertos y poder verlos otra vez. Pero esta bruja era mala (o tal vez sólo estaba en contra de que este joven español estuviera a cargo), le dijo eso con intenciones de que el joven muriera para que su pueblo no fuera regido por el virreinato.
Lorenzo quería saber cómo se vería aquel animal que iría a buscar, ya que nunca había visto alguna culebra, por lo que, a la mañana siguiente salió preparado con su espada y con un morral, y fue a buscar a la bruja a su choza. Luego de pedir indicaciones, con la frente llena de sudor por el calor, y con el corazón acelerado por la esperanza de volver a ver a sus padres, encontró la dichosa choza; no se molestó en tocar, simplemente abatió la jerga que servía como puerta, y al ver a la bruja le dijo:
⎯ Decidme, bruja. ¿Qué apariencia tiene esta culebra? Estoy camino a por ella. Anda, decidme, no os demoréis ni un segundo más.
La bruja, sin mostrar ningún gesto de sorpresa, como si hubiera estado enterada que Lorenzo aparecería de la nada detrás de su jerga, procedió a explicarle:
⎯ Arriba y abajo de estos montes se escurren muchos tipos de culebras, entre las peñas se esconden y se dejan ver culebras grandes de más de cuatro varas en largo, y gruesas como el brazo, y víboras tan cortas como una pluma de quetzal. Hay unas víboras y culebras que son bobas, que no hacen mal, que nosotros llamamos mazacoatl, y hecacoatl y tlilcoatl, pero con esas no hay cuidado. Las que deben preocuparte son las que se hacen llamar nahuiyakatl, metlapilcoatlus, y la más peligrosa de todas, la serpiente de dos cabezas, maquizcóatl. No es grande ni larga, es pequeña; tiene cuatro rayas negras en el lomo, cuatro coloradas de un lado y cuatro amarillas del otro. Como no tiene cola, anda hacia ambas partes, guiada por sus dos cabezas. Esa es la que debes buscar, es la única con sed de sangre española.
Luego de una explicación bastante generosa (conociendo sus negras intenciones), pidió a Lorenzo esperar afuera de su choza, y procedió a ordenar a su propio hijo a acompañar al joven Lorenzo en la búsqueda de la serpiente, con la intención de asegurarse de que fuera mordido. La señora, que tenía la piel arrugada y con rastros de quemaduras cicatrizadas, tomó un manojo de hierbas secas, y se las entregó a su hijo diciendo:
⎯ Anda Nere, toma el mihcailhuitl, no olvides usarlo cuando encuentren a la culebra. Ya sabes dónde buscar, no vayan tan arriba de las peñas, ni tan abajo, no busques tan arriba en los árboles, ni sobre las hojas, mejor debajo, y guíate con la luz de Metztli para seguir los ojos de las culebras, que brillan cuando Tonatiuh se ha ido. Recuerda que no deben tardar más de cuatro días en encontrar a la culebra, o tú tampoco podrás regresar.
Con las instrucciones en la cabeza, el mihcailhuitl en su morral, y sin estar convencido de poder lograr la tarea, el joven Nere salió de la choza y le hizo señales a Lorenzo de que lo siguiera. Mientras caminaban cuesta arriba, sin rumbo aparente, Lorenzo estaba intrigado por el joven que lo acompañaba, no sabía nada de él, ni si podía confiar en él, pero Nere no parecía cuestionarse nada, ni tampoco se veía preocupado, tan sólo parecía ser otro día más para él. Por lo que Lorenzo, intrigado, le preguntó:
⎯ ¿Cuál es tu nombre?
Y Nere, sin más ni más, respondió:
⎯ Nere.
Lorenzo quedó esperando unos segundos, tal vez más, a que Nere le preguntara por su nombre, pero como este no pareció estar interesado, Lorenzo dijo:
⎯ Yo soy Lorenzo Sensemayá, hijo del Capitán Santiago Sensemayá.
Pero Nere no se inmutó con lo que dijo Lorenzo, así que este, un poco irritado, siguió caminando mientras trataba de seguirle el paso a su compañero. Llegó el ocaso, y el primer día de búsqueda llegaba a su fin, pero no hubo rastro alguno de ningún animal más allá de los mosquitos que no paraban de zumbar en los oídos de aquellos jóvenes. Como ya era muy difícil poder ver por la falta de luz, Nere le dijo a Lorenzo que debían encontrar dónde dormir; y luego de una breve búsqueda, Nere decidió que pasarían la noche en una cueva, dijo que allí se cubrirían de la lluvia, y que las serpientes no entrarían ahí mientras dormían.
Con la primera luz del alba, los jóvenes se levantaron y continuaron su camino, para no perder ni un minuto de luz de día. Mientras caminaban, Lorenzo comenzó a sentir hambre, sentía cómo le rugía la barriga, pensó que no soportaría ni un minuto más sin comer algo, pues normalmente a esa hora ya habría comido cualquier cantidad de frutas, unos huevos, y hasta panceta si le placiera. Pero de nuevo, Nere no parecía estar preocupado por buscar comida, tan sólo caminaba entre la maleza. De pronto, Lorenzo vio un árbol repleto de bayas rojas, algunas moradas, y alguna que otra verde, con tanta hambre que sentía, se abalanzó sobre aquel árbol y comenzó a colectar cuántas bayas cabían en sus manos. Y antes de que pudiera masticarlas, Nere le dijo:
⎯ No comas eso. Son venenosas.
Lorenzo volteó con los ojos tan grandes como limones, llenos de asombro; y, con los cachetes repletos de bayas, gritó como pudo:
⎯ ¡Ostia! ¡me habéis salvado tío!
Luego de la respuesta tan agradecidamente eufórica de Lorenzo, Nere se dio cuenta que pudo cumplir la encomienda de su madre, sin mayor esfuerzo que el de mantener la boca cerrada. Pero había algo en Lorenzo, que le parecía muy divertido, tal vez era la forma en la que hablaba, o las palabras que usaba, quién sabe; pero Lorenzo comenzaba a agradarle. Curiosamente, la intriga y la gratitud hacían que nuestro protagonista sintiera lo mismo hacia su guía. Por lo que decidió volver a intentar empezar una conversación, y esta vez, Nere respondió con más interés. Y así, continuaron su segundo día, más interesados el uno del otro que en encontrar a la dichosa culebra; parecía que la compañía de Nere hacía que Lorenzo se olvidara de su dolor, y disfrutara de la compañía de alguien que tal vez podría llamar amigo. Durante el resto del segundo día, y parte del tercero, Nere le enseñó a Lorenzo a buscar y a identificar víboras, a colectar frutos silvestres, y a orientarse en medio del bosque; Lorenzo no tenía tantas habilidades para enseñarle a su nuevo amigo, pero eso no le impidió enseñarle a usar la espada, y a cómo comer granos de café para ayudar a mantener los ojos abiertos.
Al mediodía del tercer día, Nere comenzó a preocuparse porque no habían encontrado señales de la culebra, pero al ver la esperanza en los ojos de su amigo, decidió quedarse a continuar la travesía, aun sabiendo que el cuarto día sería el último de búsqueda, ya fuera porque ellos encontraran a la serpiente, o al revés. Luego de tres largos días, llegaron las primeras luces del último día, y convencidos de hallar a la serpiente, dejaron lo que se podría llamar su campamento y continuaron sin mirar atrás, pasaron el día hurgando entre la hojarasca, volteando cada piedra, y cada tronco caído. Se abalanzaban entre la maleza, vacíos de miedo por si encontraban una culebra, pero llenos de sudor e ilusión. Se acercaba el ocaso, alterados y exhaustos, decidieron sentarse sobre unas rocas junto a un arroyo. Mientras descansaban, Nere le dijo a Lorenzo que debían hallar a la culebra, antes que ella los encontrara o sería lo último que verían; mientras escuchaba las palabras de Nere, Lorenzo vio como las hojas del suelo al otro lado del arroyo se movían de un lado a otro, como si algo las jalara de acá para allá sin decidirse. Sabía lo que eso significaba, dejó de escuchar el agua del arroyo y sólo escuchaba los latidos de su corazón, se levantó lentamente de la piedra mientras le hacía señas a Nere, para que volteara al mismo lugar y viera lo que él estaba viendo. Al voltear, Nere sintió que su corazón se detuvo.
A los dos les empezaron a sudar las manos, olvidaron el bochornoso calor que se extendía por el bosque, de la nada su sudor comenzaba a sentirse frío, y la boca se les secó. De pronto, el último rayo de luz se extinguió, y frente a ellos, dos estrellas brillantes comenzaron a vislumbrarse gracias a la luz de Metztli. Sabían que habían encontrado lo que buscaban, maquizcóatl, y no había vuelta atrás. Lorenzo sabía que era la oportunidad que necesitaba, así que sin dudarlo comenzó a acercarse a la culebra, primero le aventó una piedra del arroyo, pero la culebra se movió como si fuera una ola, esquivando el proyectil, Lorenzo continuó acercándose, esta vez tomó una vara larga para intentar golpear a su enemiga, pero estaba demasiado lejos como para producir un golpe fatal. Supo entonces que debía acercarse y usar su espada; Lorenzo se acercaba más y más a la culebra, pero Nere sabía que no podría solo, así que sacó el manojo de ramas secas que le había dado su madre, y con la ayuda de dos piedras lo prendió, lo dejó arder por unos segundos para que comenzara a desprender todo el humo posible, y lo lanzó hacia la culebra. Al ver esto, Lorenzo le preguntó exaltado:
⎯ ¡¿Qué estáis haciendo tío?!
Nere le respondió que era para atontar a la culebra y que fuera más fácil abatirla. Así pues, ambos amigos comenzaron a rodear a la culebra, que más bien parecían dos, cada uno se acercó por un lado, le lanzaban golpes, pero la serpiente evitaba cada uno de ellos. Entre tajos, mordidas, y gritos, encerraban a la serpiente. Luego de un buen golpe de Nere, la culebra terminó aturdida debajo de un tranco podrido, fue entonces que Lorenzo supo que era su momento de matarla. Se acercó sin temor, estirando sus brazos hacia atrás para generar más fuerza en su corte mientras miraba de frente a una cabeza de la culebra, pero sin esperarlo, la otra cabeza saltó en un abrir y cerrar de ojos hacia Nere, este dio un salto hacia atrás intentando escapar de la mordida. Al ver esto, Lorenzo supo que podría matar a la culebra, pero su amigo no se salvaría de que la otra cabeza lo mordiera, haciendo que este perdiera la vida, así que tomó la decisión que cualquier amigo tomaría. Saltó a donde estaba su amigo y blandió su espada hacia la cabeza de la serpiente, cortándola y salvando a su amigo; pero esto le costó la vida propia, ya que la otra cabeza de la serpiente logró morderle la pierna. El veneno actuó rápidamente, y Lorenzo se desplomó sobre el suelo sin fuerza para mantenerse de pie. Nere se tiró al suelo para sostener a su amigo, nauseabundo y balbuceando, paralizado, temblando y haciendo ruidos extraños, lo tomó de la mano y desesperado le pidió ayuda a su madre o algún dios, gritó nombre tras nombre, pero nadie respondió, lo último que pudo hacer por su amigo fue abrazarlo y no dejarlo morir sólo. Entre lágrimas le reprochó su decisión, diciendo que no debió haberse sacrificado por él, pero Lorenzo le dijo que él hubiera hecho lo mismo, y antes de que sus ojos se tornaran blancos, le dijo que al menos, de esa manera, podría estar seguro de que estaría con sus padres. Nere volvió al pueblo, exhausto y con el alma partida, con la culebra, y con el cuerpo de su querido amigo, pero no pudo hacer más que sepultarlo junto a sus padres. Utilizó los polvos para quemar el cuerpo de la serpiente, y entre el humo y las brasas, vio a su amigo danzando con sus padres, o tal vez, con una culebra. Hay quienes dicen que quemando sahumerio o copal, podremos ver entre el humo a una culebra danzando. Leyenda, mito, o historia; desconozco cómo podemos llamarle, dejaré que ustedes decidan. Personalmente creo, que, de la manera que sea, no debemos dejar pasar la oportunidad de honrar la memoria de un ser querido.
Sobre el autor: Diego Barrera Del Angel
Soy biólogo, apasionado por descubrir el mundo y sus maravillas naturales, así como las obras de arte que nos regalan los diferentes medios de expresión como la pintura, la escritura, la poesía y hasta el cine. Me gusta expresar mis emociones y opiniones a través de la escritura, y últimamente también mediante la fotografía. Descubrir el mundo es una de mis grandes motivaciones, pero, en el fondo, espero que a través de mis escritos el mundo también logre descubrirme a mí. Considero importante crear literariamente porque es una forma de dejar una huella de nosotros mismos, un rastro de lo que sentimos, pensamos y experimentamos, que perdura más allá de nuestras palabras.