Cargando saco ajeno – séptima entrega

Me senté en la banqueta, viendo cómo se acercaba la hora del juicio final. La banqueta, agrietada y llena de polvo, se sentía más cómoda que el sofá lleno de compadres gritones que había en la sala. Ya sentado, todo agüitado, vi cómo un carro se iba acercando despacito, sorteando los baches como podía. Era el carro del papá de Magnolia, un Mercedes Benz Clase C nuevecito, 2002, negro, que parecía de otro mundo en esa calle jodida donde el pavimento era mitad tierra, mitad piedras, cortesía del presidente municipal.

El Mercedes frenó justo enfrente de mí, y lo primero que pensé fue en lo fuera de lugar que se veía en nuestra calle. No había terminado de detenerse cuando Don Rufino bajó del carro, todo elegante, con su traje perfecto, su peinado impecable y unos lentes de sol que seguro costaban lo que yo ganaría en un año, si trabajara. El güey parecía salido de una película. Y claro, a las vecinas ya se les andaban bajando las bragas, pero no porque el Don estuviera guapo—que no lo estaba—, sino porque era el único en la cuadra que se veía de lana. Las viejas nomás andaban esperando a ver si en un descuido le podían robar los espejos, las llantas o hasta el emblema del Mercedes. Todo en ese carro gritaba «Aguas que soy caro», y nuestra colonia gritaba de vuelta «a ver qué te volamos».

Don Rufino se me acercó con esa actitud de político que se cree cercano a la gente, me extendió la mano como si yo fuera un diputado o hasta Vicente Fox en plena campaña. Sentí el apretón desde antes de que me tocara, y con una risa mamona y más falsa que un billete de tres pesos, me dijo:

«¡Qué gusto verte, hijo! Aquí te dejo a Magnolia, cuídala, mendigo

Me quedé calladito, sonriendo como pendejo mientras sentía cómo ese apretón de manos iba subiendo de nivel, casi como si me estuviera retando, como diciéndome “a ver, chamaco, si aguantas”. La plática fue lo de menos, ni siquiera lo escuchaba bien, porque entre que me hacía el macho y trataba de devolverle la fuerza del apretón, solo pensaba en que ya no sentía los dedos. El güey no soltaba, como si quisiera dejarme claro que, aunque se iba, todavía estaba al mando de la situación. Mi palma ya sudaba a mares, pero ahí seguíamos, intercambiando sudor y sonrisas falsas.

Después de un rato de ese incómodo pulso disfrazado de saludo, Don Rufino por fin aflojó la mano, se despidió con una última mirada que decía «más te vale», y se dirigió de regreso a su coche. Antes de subirse, le dio un vistazo rápido al Mercedes, como revisando que no le hubieran quitado las llantas mientras platicaba conmigo. Se acomodó en el asiento de piel, y justo cuando creí que ya todo había pasado, le pisó al acelerador, queriendo que el carro sonara bien cabrón, como si fuera de esos que rugen y hacen vibrar el suelo. Pero no, lo único que se escuchó fue el raspón de la defensa contra el tope, haciendo eco por toda la cuadra. Parecía que el Mercedes lloraba en lugar de rugir, pero Don Rufino se fue como si nada, todo digno, dejándome ahí, con la mano medio adormilada y Magnolia a mi lado.

Ahí estábamos, un par de pubertos enamorados, viéndonos fijamente como si el mundo se hubiera detenido. Magnolia estaba que no cabía en sí de la felicidad, porque, por fin, su novio la había invitado a conocer a sus papás. Eso significaba que había dejado de lado la idea de que se avergonzaba de ella, algo que la había traído con la cabeza llena de dudas. Y yo, el novio, deseando con todas mis fuerzas que mi papá no estuviera pedo cuando entraran y empezara a soltar una sarta de babosadas que ni al caso.

Después de un rato de miradas intensas, Magnolia apartó la vista, sonriendo como si tuviera un secreto, y me tomó de la mano, jalándome hacia la puerta de mi humilde morada.

—¿No me vas a presentar o qué? —me dijo, con un tono burlón que me sacó una risa nerviosa.

—Pues sí—le respondí, intentando hacer como que no me importaba, aunque por dentro estaba que no sabía si reír o llorar.

Me dirigí a la puerta, empujándola con fuerza. Después de tres intentos tratando de destrabarla, logré abrirla de un golpe. En ese instante, un alboroto de gritos desesperados y risas estruendosas de una manada de viejos borrachos que no bajaban de los cuarenta años invadió mis oídos, como si estuviera abriendo las puertas de un antro en lugar de la casa donde crecí. Aquella casa ya no era un hogar, sino un bar botanero de la nueva era, un verdadero monumento retorcido a “la franja”, donde las cervezas corrían más que el agua y los gritos de mis papás y sus amigos retumbaban por todas partes.

Tomé aire y exhalé, agarré la mano de Magnolia y di un paso, como si estuviera a punto de adentrarme a un universo desconocido, como si estuviera sacrificando una vida decente o un trabajo estable. Aquello era un verdadero desmadre. La densa nube de humo de Marlboro se había apoderado del techo de la casa, creando una atmósfera tan cargada que sentía que podía cortarse con un cuchillo. El olor era indescriptible, una combinación de cigarro, cerveza, hot dogs y sudor, un coctel que atacaba mis sentidos y me dejaba con la duda de si realmente estaba listo para enfrentar lo que había dentro.

Gael Rodríguez Álvarez

Reportero de Lado Alterno

gael.rodriguezaz@udlap.mx