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Me como a mi: análisis de caso

A continuación, presento el análisis de caso de Cielo Latini, basándome en lo narrado en la película, el libro y el registro sobre la vida de la autora. Empezando por el título de la película, aunque no existe una definición oficial por parte de la RAE, parece ser la combinación de las palabras ‘absurda’ y ‘nada’, lo que da como resultado “Abzurdah”, lo cual refleja las emociones que Latini experimenta en su lucha contra los trastornos que padeció.

Cielo Latini nació el 14 de junio de 1984 en La Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina. Ella menciona que desde temprana edad sintió que no encajaba en ningún círculo social. Durante su infancia, sufrió de obesidad, lo cual le generó múltiples inseguridades; más adelante dejó de comer y perdió peso. Lo que la llevó a refugiarse en internet, donde encontró un espacio de aceptación. Fue a través de uno de esos sitios que conoció a Alejo, un hombre mayor que ella, con quien mantuvo una relación marcada por múltiples conflictos, que exacerbaban sus dificultades alimentarias y emocionales. A menudo, Latini intentaba moldearse según las expectativas de Alejo. Eventualmente, fue diagnosticada con Trastorno Límite de la Personalidad (TLP), aunque ella misma insiste en que no sea definirse, por ello, diciendo “No soy normal”.

Como se menciona, Latini desarrolló trastornos alimentarios, específicamente anorexia. La sintomatología depresiva parece estar relacionada tanto con su vínculo con Alejo como con la relación con su madre, de quien parece confronar a través de estos trastornos. En un momento, Latini convierte la anorexia en un ‘estilo de vida’, y no se detiene ahí, sino que crea el blog “Me como a mí”, donde comparte su experiencia y encuentra una comunidad que se identifica con ella. Este blog, que ella describe como la “anarquía del cuerpo”, resistencia en el que no comer se defiende como un derecho y un modo de vida, reforzando un discurso de rebelión frente a las normas sociales.

Lo anterior sirve como una introducción a los puntos que se abordarán en el análisis. Latini articula un discurso interesante, que puede ayudar a comprender el porqué de sus actos, reflejado en la siguiente cita:

“Me llamo Cielo, ¡sí, Cielo! Mis papás se pasaron toda la vida diciendo: en una nena especial, Soy la mayor de mis dos hermanos, pero fui criada como hija única. Los grandes errores siempre se cometen con el primer hijo. Fui la hijita de indias de mis padres… Siempre fui autosuficiente, egocéntrica y soberbia” (Goggi, 2015).

Desde una perspectiva psicoanalítica, esta autopercepción de Latini parece estar profundamente influenciada por la forma en que sus padres la criaron y las expectativas que depositaron en ella. Incluso su nombre, “Cielo”, sugiere una posible expectativa inconsciente de estar ‘por encima’ de los demás, como una proyección idealizada de lo que esperaban que fuera.

Antes de que la anorexia apareciera, Latini se mostraba como una joven extremadamente exigente consigo misma, cumpliendo de manera absoluta, o casi, las exigencias de su madre. Ella misma lo describe:

“siempre fui demasiado buena… Era la preferida de los profesores, nunca faltaba a clases, me pasaba los recreos caminando sola por el colegio sin emitir palabra y tocaba piano como los dioses” (Latini, 2006, p. 8). Destacaba en ámbitos diversos: «Mis habilidades eran muchísimas: danza, tenis, piano, natación, inglés. A los nueve años empecé a estudiar inglés y poco más tarde, a nadar en un club. Era excelente en inglés y mucho más buena en natación. Pronto empecé a competir en torneos y gané todas las competencias…» (Latini, 2006, p. 13). 

Su escasa vida social no parecía ser motivo de preocupación para sus padres. Lo único que la alejaba de la perfección, a sus ojos, era su peso, pues con 12 años pesaba 64 kilos. En cuanto a su alimentación, resulta significativo el papel que desempeñaban sus padres: «Mis padres me decían que tenía que comer y qué no» (Latini, 2006, p. 11). Este control sobre la comida convierte la alimentación en un elemento simbólico crucial. Latini también comenta: “Eso fui siempre, o al menos eso escuchaba que se hablaba de mí. Eso me hicieron creer, eso querían que yo escuchara o eso querían que los demás escucharan. Especial…» (Latini, 2006, pp. 11 y 12). Ella misma confiesa: «siempre tuve la creencia, equivocada o no, de que mi mamá quiso que yo fuera un diez» (Latini, 2006, p. 15)

Este relato permite observar que Latini se somete al deseo del otro, es decir, atravesada por la demanda de ser especial y sujeta a los «caprichos de mi madre» (Latini, 2006, p. 16). De manera repentina, comienza a dejar de comer: «Durante el verano del 98, en un viaje familiar, me peleé con mis padres por alguna razón sin sustento y dejé de comer» (Latini, 2006, p. 19). A partir de entonces, el consumo de alimentos disminuye, agravándose con el tiempo.

A la par de esa situación, Latini ya mostraba indicios de que algo estaba pasando. Uno de esos ocurrió en una clase, cuando presento un trabajo hecho con alambre: un muñeco ahorcado que tituló “Soy yo”. Al mismo tiempo le pidió a su madre que la llevara a un psicólogo, pero ambas solicitudes fueron ignoradas. En ese momento, Latini comienza a ingresar a sitios de internet para conocer gente.

Con catorce años, entra al sitio en el que conoce a un hombre nueve años mayor que ella y con personalidad seductora. Establece un vínculo de dependencia e intermitencia, en el que él, de forma continua, aparece y desaparece en busca de sexo, provocando en Latini sentimientos de terror frente al abandono: «Cuando alguien me abandona me siento huérfana, perdida, sin tierra… Ese es el abandono: una casa vacía y yo gritando el nombre de quien me abandonó» (Latini, 2006, p.109) En este sentido, parece no ser casualidad el pseudónimo que elige ponerle al momento de escribir la novela: «Alejo». «Abandono es un eco que dice ‘Alejo, Alejo, Alejo’» (Latini, 2006, p. 109).

Uno de los momentos de más quiebre en su dinámica ocurre cuando, a los diecisiete años, Latini queda embarazada, pero al mes sufre un aborto espontáneo. Situación que marca, aparentemente, el distanciamiento definitivo de Alejo, quien se va a vivir con otra mujer que ya tiene un hijo. Esto devasta a Latini, este capítulo del libro se llama “Reemplazo”.

Anorexia

La anorexia se define por un rechazo al alimento, es decir, por la decisión de no comer nada (Lacan, 1958). Esta condición implica una oposición subjetiva en la que el único partenaire aceptado es la imagen especular. Entonces, ¿qué impulsa al sujeto hacia su versión del ideal de felicidad vigente en su época? En este contexto, la anorexia obtiene una connotación de felicidad que rechaza la influencia del Otro en diversas dimensiones. El Otro entendido como cuerpo, saber o sexo, es desestimado, ignorando así la sumisión a sus mandatos, que nos ofrece una única definición de felicidad.

Entonces, la anorexia parece una diosa hecha a medida, un superyó que encarna su propia voluntad de goce. Es decir, parece una herencia de superyó femenino, que ayuda responder a la pregunta planteada. Es una especie de secreto posmoderna, que no detiene, sino que es un reflejo especular del yo, alimentando la función de control antes mencionada. Esta exaltación del yo, que también representa la exaltación del síntoma de la anorexia, está relacionada con la pérdida de la suposición de saber sobre el Otro. El discurso que articula Latini gira en torno a defender su derecho a la posibilidad de lograr su objetivo, sin ocultarse bajo la piel y la grasa, y con la convicción de no aceptarse menos perfecta de lo que puede ser.

«Poco tiempo después de haber empezado a vomitar y de haber intentado llamar la atención de Alejo sin ninguna señal de éxito, me propuse entonces un nuevo desafío. Siempre siguiendo la línea de lo que creo que es lógico, me dije: ‘Si como y vomito, me hago mal; quizá lo mejor sea dejar de comer del todo’» (Latini, 2006, p. 124).

Suena a una concepción ajustada al yo y su deseo de perfección, que busca eliminar el desdoblamiento que la alteridad femenina implica para una mujer.

Alivio

Como se ha mencionado, la relación con Alejo es intermitente. Ella misma lo describe: «Necesidad de llamarlo, de sentir, de saber si iba a estar conmigo en aquella ciudad. Urgencia de tocarlo, de saber que no estaba lejos…» (Latini, 2006, p. 113). Esta situación la lleva a un estado de ebriedad en el que su amiga le pone los dedos en la boca para hacerla vomitar, algo que Latini experimenta como un alivio: «al vomitar experimenté una descarga que no había sentido antes» (Latini, 2006, p. 116). Luego escribe: «Yo ya saqué de mí todo lo que podía hacerme mal, ahora me siento segura» (Latini, 2006, p. 116).

A partir de ese momento, comienza a vomitar con gran regularidad, tal como lo describe en el libro:

«Así empecé a comer cantidades estrafalarias que nunca en mi vida había pensado ingerir: era divertido saber que en caso de sentirme mal (o en cualquier caso) podría retirar la maldita comida de mi cuerpo. Era inmune a todo, nada me afectaba. Mientras las demás comían y alojaban grasa en sus cuerpos, yo comía incluso más y quedaba más flaca, sin panza, sin hincharme, sin nada… Los míos eran vómitos cósmicos, siderales… Y nadie se daba cuenta de nada…» (Latini, 2006, p. 117).

Aquí el vómito funciona como un medio de expulsión de malestares y considero que también parece ofrecer una ganancia secundaria, al permitir apaciguar su malestar. Es decir, cada vez que se siente abandonada, el vómito surge como un medio para deshacerse de esos sentimientos displacenteros y, al mismo tiempo, le permite ejercer cierto control sobre ellos. Además, el vómito actúa como un mecanismo para expulsar a Alejo, lo que significa que, incluso antes su omnipresencia, Latini encuentra en el vómito una forma de control.

Como se ha observado, este síntoma anoréxico está dirigido a otro, a primera vista parece ser Alejo; sin embargo, Latini lo describe así: «Nada le afectaba demasiado, nunca se sobresaltaba, y todo tenía solución: incluso mi bulimia… Y eso me incentivó más y más para llevar a cabo mi propósito: que se preocupara por mí» (Latini, 2006, p. 121). Tal parece que la manera de ser de Alejo fue un motivante para el síntoma de Latini. Al pesar 47 kilos, es cuando él finalmente muestra preocupación, aunque su reacción es más cercana al desprecio, algo que ella describe: «Mi delgadez estaba dándome frutos: estaba concientizando a Alejo. Era todo lo que quería. ¡Era más de lo que quería! Pero que Alejo me dijera eso no fue suficiente. Necesitaba más» (Latini, 2006, p. 155).

En este sentido, parece que algo se invierte, la dinámica de la demanda (Lacan, 1956), en la que Latini busca dejar de ser quien demande el amor de Alejo, haciendo que sea él quien le pida a ella que coma. De alguna manera, ella siente que adquiere poder, aunque esta ganancia secundaria es insostenible; Alejo, como sugiere su nombre, se distancia, y Latini vuelve a ser quien demanda. Entonces el discurso de Latini toma un giro interesante: «Si no me amaba, entonces iba a morirme: y me iba a morir hermosa, inteligente y con el cuerpo perfecto» (Latini, 2006, p. 135).

Esto puede remitir al mecanismo de «vuelta sobre la persona propia» (Freud, 1915). La agresividad que inicialmente dirige hacia Alejo y su entorno pasa a dirigirse a ella. Mientras se autodestruye a través de su sintomatología, también ataca y daña al otro. Es decir, al destruirse también destruye simbólicamente al otro a quien no percibe separado de ella. Entonces podemos hablar de su dinámica familiar, que describe como:

«La mayoría de las veces terminábamos llorando las dos o yo llorando y mamá gritándome: ‘¡En esta casa no se puede vivir’ ???? pero sus resoplos y sus frases –?’ ¿Por qué mejor no nos morimos todos?’ o ‘¡Me estás matando!’… papá tuvo un infarto y no pude dejar de sentirme culpable» (Latini, 2006, p. 136), «…a la vez sentía que mataba a mi padre y desahuciaba a mi madre» (Latini, 2006, p. 166). Y acerca de Alejo: «Quería una muerte silenciosa, una muerte que le quedase grabada para siempre en la conciencia, en el inconsciente y en todas partes de su cuerpo como una viruela mal curada. Quería que le quedara en la cabeza una frase resonando como eco: ‘No quise ayudarla’, ‘No quise ayudarla’, ‘No quise ayudarla’ (Latini, 2006, p. 223).

El blog

Al pasar por esto, Latini crea un blog llamado: mecomoami.com. Este se convierte en un medio para conectarse con N cantidad de chicas a las que (re)conocer como semejantes especulares (Lacan, 1958). Como si se tratara de un espejo, una doctrina o un trono. Un espejo por que le devuelven la imagen de quien es, una doctrina por el número de mujeres que conformaban esa comunidad y un trono en el que ella pudiera sentarse y ser centro de algo que construyó.

Al respecto ella escribe: «Había nacido Lágrima, un gurú anoréxico que intentaba no ahogarse en su desdicha y predicaba al mundo que la anorexia no era un desorden de la alimentación, sino un estilo de vida» (Latini, 2006, p. 138).  De ahí lo que menciono al pensar la anorexia como deidad, en palabras de Latini: «Pronto la anorexia se había convertido en un culto para mí» (Latini, 2006, p. 137). «Ana», así llamaban las anoréxicas a su diosa, y Ana se convirtió en pocas semanas en el objeto de mi devoción» (Latini, 2006, p. 138). Todo esto toma forma cuando Latini menciona: «Entonces Ana para mí es mi diosa, mi diosa todopoderosa que me ayuda a ser cada vez más perfecta… Ana quiere lo mejor para vos, quiere que seas perfecta» (Latini, 2006, p. 148).

El nombre del blog abriga y señala lo que rodea a Latini. Ella es comida por su superyó, está siendo devorada por su exigencia al querer alcanzar la perfección. Entonces, ¿podrá cultivarse aquí la pulsión de muerte? (Freud, 1923). Es decir, Ana se ha constituido como un superyó que exige la perfección y prohíbe la ingesta de alimentos. Esto se manifiesta en una escena en la que Latini ingiere cierta cantidad de ñoquis, en una cena familiar, entonces un sentimiento de culpa acompañada de autorreproches se apodera de ella. En palabras de Latini: «Era Ana hablándome desde un rincón olvidado aquella noche, recordándome que la había traicionado, que tendría que purgar mis culpas… Pedí perdón una y mil veces y a continuación tomé un laxante» (Latini, 2006, p. 119).

Lo que propongo es que la anorexia cobra más peso cuando pasa de ser llamada anorexia a tener un nombre propio como lo es Ana. Pasa de ser un padecimiento o tener una sintomatología, ahora es una persona, la persona que Latini quiere ser. Ana parece enmascarar, o ser el arquetipo, de la imagen de hija perfecta, el ‘diez’ que su madre buscaba en ella.

Aunque paradójicamente, la anorexia se convierte en ese Otro para el cual ser perfecta, es decir, pasa de ser demandada por su madre y luego de Alejo, para pasar a serlo de Ana. Esto es, el no comer la mantiene como deseante. Lo que queda en claro que para Latini es una forma de control, ella escribe:

«Y en aquel momento esa era mi manera de elegir, porque nunca había podido elegir: tenía que comer, tenía que estudiar, tenía que tener amigas y tenía que pintarme y ser bonita. Perfecto, pero ahora además decidía vomitar y sacarme las porquerías que tenía adentro» (Latini, 2006, pag. 117).

Al respecto, ella también escribe: «Solamente estoy tratando de cumplir mi cometido. ¿Cuál? Un simple ayuno de diez días. ¿Por qué quiero hacerlo? Porque me hace sentir bien, porque tengo ganas, porque me aburro, porque sí. Suficiente.» (Latini, 2006, p. 139). Como he mencionado, es forma de control, pero entonces empieza a salvaguardar su deseo al «sacarse las porquerías que tiene adentro». Ahora lo hace porque tiene ganas.

El nombre del blog me genera curiosidad, “me como a mí”, he mencionado que Latini no come, sino que es comida. Aunque, por otro lado, puede ser una alusión narcisista, una especie de autoabastecimiento a manera de alcanzar la completitud. Así, el no comer comienza a constituirse como goce, la inanición y el hambre se erotizan. El goce aparece, Latini menciona: «Me estaba consumiendo, lo sabía y no podía dejar de disfrutarlo. Si no me amaba, entonces iba a morirme: y me iba a morir hermosa, inteligente y con el cuerpo perfecto» (Latini, 2006, pag. 135). Lo que se puede relacionar con los preparativos que ella hizo en el apartado de autoflagelación. Parece ser un dolor exquisito y ser anoréxica evoca características identitarias.

Autoflagelación

A los 19 años, Latini hecha luz a un punto que hasta el momento había sido velado por su anorexia. Pasa días planeando el acto, porque es de imaginarse que incluso eso debía ser perfecto. Días antes pegó en la pared fotos de su familia y amigos. Tomó Ritrovil en cantidades suficientes como para perder la conciencia y bebió el vino que compró con la intención de tomar junto a Alejo. Se realizó cortes con una navaja y eliminó todo rastro de feminidad, es decir, se cortó las cejas y el cabello, quiso convertirse en asexuada. Antes de pasar al acto, llama a Alejo en repetidas ocasiones: “Quería avisarles que me moría y que era de noche y que (ja ja) no iban a poder hacer nada» (Latini, 2006, p. 240). También menciona su transformación en: «Un ser asexuado, sin vida, sin cejas, sin pelo» (Latini, 2006, p. 242). Tal parece que al eliminar todo rastro de caracteres sexuales secundarios no le quedan más que perfectos huesos, es decir, un ser más allá de la vida, el cuerpo o la vida sexual, el rechazo de aquel Otro que ya se ha mencionado. En este sentido, cobra más sentido que se come a sí misma y parece ya no cargar con depender del otro.

Cielo, especial

A los 24 años Latini se encuentra distinta. Se ha vuelto una figura mediática, su autobiografía se ha convertido en un best-seller que ha superado sus expectativas. Lo que me hace preguntar ¿Latini encontró una manera distinta de ser ‘especial’? De ser así, ¿se ajustó a la demanda del medio o retornará de manera diferente? Se puede vislumbrar que no es accidente que la noción de felicidad surja en esta área del mercado y que siempre está dispuesto a ofrecer objetos de consumo que se alinean con las aspiraciones del yo. ¿Qué hizo Latini antes de intentar suicidarse? Se compra todas las cosas que siempre deseó. Asimismo, su libro termina siendo producto destinado al consumo masivo del mercado editorial, un best-seller que explota su propia historia, que empuja al lector y apela a su curiosidad morbosa, lo que convierte su anorexia en un objeto de consumo deseado.

Mara Itzel Zacatzontetl Tepoz

Editora de opinión

mara.zacatzontetltz@udlap.mx