Al inicio quería que esto fuera un poema —ya sabes, para despedirme igual que como me conociste.
Mis letras ya habían visitado ciertos lugares, pero nunca pasaste por mi imaginación.
Tú, que has sido espacio para contar historias con mis palabras,
y colar, de vez en cuando, una crítica disfrazada.
Nunca imaginé poner algo de mí en ti, y sin embargo terminé encargándome de cuidarte.
De cuidar lo que se escribe en ti, de intentar —aunque fuera en lo más mínimo— conservar la esencia de quienes te pensaron, te crearon y después, te defendieron.
No voy a mentir: me daba miedo no llegar a quererte nunca.
Estos meses —que parecen pocos, pero supieron hacerse eternos— me cambiaron eso.
Me hubiera gustado conocerte antes, amarte como otras personas seguramente lo hicieron,
dejarte más que historias a medio contar y amores de los que, con suerte, ya me estaré olvidando.
Me hubiera gustado seguir jugando en tu patio, ver cómo coleccionas mis palabras y las haces texto.
Hace un año vi a mi amiga celebrar tu cumpleaños. Me senté a mirar desde fuera,
sin imaginar que este año sería yo quien firmaría la solicitud del evento,
quien coordinaría tiempos y formas,
pero que fueron las manos del consejo editorial las que hicieron que la fiesta ocurriera de verdad.
Porque, aunque yo encendí la chispa en el papel,
fue el consejo editorial quien trajo las velitas, los stickers, las botanas y el pastel.
Gracias por eso: por saber que celebrar también es una forma de resistencia,
y que sostener lo cotidiano es tan político como lo que escribimos.
Es raro —y un poco cruel— extrañar lo que no te imaginaste tener.
No pensé que me fuera a doler dejar esto,
y aquí estoy, escribiéndote como quien no quiere soltar.
Nada de esto habría sido posible sin quienes me impulsaron a estar aquí.
Si acaso se cruzan con este texto, quiero que sepan que lo intenté.
Pero, sobre todo, traté de disfrutar el proceso.
Es mi último semestre. Mis expectativas eran otras, lo confieso.
Pero te cruzaste y ahora no te quiero soltar.
Justo ahora que te empiezo a querer, me tengo que ir.
Y te tengo que dejar.
Este parece un buen momento para decirte gracias.
Gracias por cobijar mis textos —buenos o malos, interesantes o no.
Gracias por dejarme asentar esa forma de nombrarme,
de nombrar lo que hago.
Por darme tierra para que Ánima del campo echara brotes —aunque fuera entre teclas y prisas.
Sé que muchas historias aún aguardan en ti.
Solo espero que quienes se quedan,
y quienes aún no te conocen, no te dejen morir.
No se los perdonaría.
Gracias a las circunstancias y decisiones que me trajeron a ti y hasta aquí.
Sobre todo, a mi sobreexigencia,
sin la cual, jamás habría creído que podía con todo (espacio para risas).
En fin. Solo quería dejar un poco de mí
y, en mi diálogo interno, hablar contigo.
Que sepas lo increíble que fue encontrarte.
Y lo rápido que se pasó el tiempo.
Mi tiempo como editora en jefe termina, pero mi cariño no.
Sea como sea, te seguiré leyendo.
Mara,
La que creyó que solo escribía y terminó siendo editora.