Una Canon Powershot SD630, ahí se grabó el día que nací. En una época de cámaras digitales, y la cultura de recordarlo todo, crecí con flashes y lentes de video, en grabaciones con luces tenues y calidades bajas, sin miedo a nada, porque era muy joven para saber que había algo a lo que temerle aparte de la noche y su penumbra.
Ajena al hecho de que algún día crecería, y esas fotos se sentirían como parte de un sueño que alguna vez tuve.
Se dice mucho que tener miedo es cosa de niños. Yo opino lo contrario.
Los verdaderos miedos los adquieres cuando creces.
Se te pegan como el pegamento en las manos cuando hacías collares de sopa. Crecen contigo y te hacen sentir chiquito, como las camisas de tu papá o los tacones de tu mamá.
Una vez que tienes uno de esos, sabes que son de los que no se irán, de los que no superas ni quedándote solo por la noche. Hay gente que le tiene miedo a morir, a vivir, a estar solo, a no ser amado, a ser odiado, a no ser importante.
Yo le tengo miedo a olvidar y ser olvidada.
A no recordar quién fui y quienes conocí, quienes me quisieron y donde estuvimos. Me voy a dormir y sueño con la vida que he tenido, sobre los días en los que el sol brillaba como nunca más lo hizo, cuando los colores eran vivos y el viento que pegaba en mi cara me dejaba una sonrisa, se respiraba amor en el aire y nunca me di cuenta hasta que un día inhalé amargura y exhalé tristeza.
No recuerdo cuándo fue la última vez que pude esconderme debajo de una almohada o dentro del clóset, cubierta por las chamarras de mis abuelos.
Si me esfuerzo, aún puedo sentir el revoltijo en el estómago que se te hace cuando aún no te encuentran, o la fatiga al correr cuando todavía no te atrapan.
Pero no recuerdo cuándo fue la última vez que perseguí a alguien en las traes, o cuál fue el último dibujo que le hice a mi mamá donde el pie de la página era un TE AMO con letra temblorosa y un corazón rojo deforme.
Quisiera saber, quisiera tener prueba de estas memorias y una fecha que me diga cuando sucedieron.
Pero lo pienso y no cambia nada.
Nada me va a llevar de regreso a cuando los CDS aún se ponían en los estéreos del carro, y podías elegir la canción con un botón numerado.
No voy a regresar a cuando me podía colgar de cabeza en el pasamanos, o desayunaba cereal antes de ir a la escuela con mi mochila rosa brillante.
Cuando tenía una caja de 72 colores para la escuela, o cuando me daban 10 pesos para comprarme comida en la cafetería.
A veces siento que crecí muy rápido.
Otras veces siento que no crecí en lo absoluto.
Como que no hace mucho usaba un cojín para alcanzar a ver las películas en el cine, y que apenas el mes pasado me dieron un menú infantil con tres crayones para colorear y llenar el crucigrama.
Pero aquí estoy, sentada en mi cuarto de la universidad, contemplando mi tablero de corcho donde pegué aquellas fotos tomadas con la Canon Powershot SD630.
De mí, con mis papás, con mis hermanos, en lugares que me vieron crecer y en los que nunca volví.
De la niña que fui, las personas que me quisieron y las cosas que vivimos.
Es un camino largo recorrido, uno al que solo puedo mirar y sonreír, porque si las fotos existen, seguramente son de un buen día.
Natalia Zoé González
natalia.gonzalezgz@udlap.mx
Reportera de Lado Alterno