José Antonio Acosta González
I
Una sonda nasogástrica me impedía hablar —qué dolor girar la cabeza, beber agua—, de lo contrario habría contestado ala pregunta de mi abuela, quien, recargada sobre la silla de ruedas de mi abuelo, leía el borde de mi cama: pronóstico reservado, delicado para la vida. Estaba recuperándome de una sobredosis, el carbón activado adsorbiéndolo todo, las escleróticas inyectadas en sangre, las pupilas dilatadas, y tenía la atención en mi abuelo. Hacía tiempo sus labios habían abandonado las oraciones completas, todo tropo tan suyo, y los bisílabos, luego los monosílabos. El discurso pulverizado hasta el quejido y el balbuceo. La palabra mudó de su cerebro a la vista y tuvo a bien servirse de los gestos faciales: hablaba con la mirada.
Aún hoy, me persigue la pregunta de mi abuela (Ay, hijo, ¿qué haces aquí internado?, deberías estar en la escuela) y conservo este momento como el último en que mi abuelo invocó el sustantivo nieto al ver mi cuerpo encamado. Eso me gusta pensar.
II
Al novelista estadounidense Paul West la afasia lo dejó musitando la sílaba «mem». A Baudelaire esta condición lo encerró en pensamientos de muerte, y su lucidez fue eclipsada por una exclamación: «cré nom!»[1]. Para Stendhal, significó verse desarmado incluso del francés más elemental: no encontrar sus herramientas literarias le angustiaba sobremanera (Vitturi & Gagliardi, 2021).
Es en el lado izquierdo donde la afasia se anida; deteriora la hermosa maquinaria en la que se produce el lenguaje (área de Broca), o bien la región que permite la comprensión de las palabras (área de Wernicke). A la forma de afasia mássevera la comunidad médica le otorgó el adjetivo global. Me incomoda un poco llamarla así, acaso por la importancia quedoy desde pequeño a lo que no se dice —la cáscara del discurso, si se quiere—, al titubeo, las muletillas, la mirada y a los matices de oralidad, a los que Frege refirió como “coloraciones tonales” (Klangenfarben).
Sobre la afasia, Sacks (1985) insistió en la triada palabra-proposición-expresión como cimiento del habla natural en The President’s Speech. Para sus pacientes, las palabras eran recipientes vacíos, habían perdido lógica y “sentido” (elSinn de Frege), si bien la recepción de coloraciones tonales no solo estaba intacta: se mostraba oscuramente potenciada.Hablamos de un volcamiento que arrastra al discurso y lo sepulta no sabemos dónde.
III
Luego del alta, cuando pude volver a hablar, mi abuelo fue incapaz de advertir el Klangenfarben de Frege en mi decir. La afasia global había estrangulado su mirada viril, la extravió. Nada de gestos faciales salvo su cuerpo intubado, frío. Por entonces, mi mente iba más rápido que mi boca, y pensaba demasiado; era una vorágine enfermiza: repudiaba la palabra, fetichizaba el silencio. Recuerdo leer compulsivo a Pavese, que era lo mismo que acariciar la muerte o habitar abismos. Lo que habría dado por visitar el cerebro de mi abuelo.
IV
Pienso, quizá, que para mi abuelo era como tocar con timidez el relieve del lenguaje. O más bien, hacerse de un engranaje interno, antesala de la muerte. Poseer “[…] la capacidad de construir lenguajes en los que se puedan expresar todos los sentidos sin tener idea de cómo y qué significa cada palabra” (Wittgenstein, 1998, p. 14). E ir perdiendo el sentido, disolver el Sinn de Frege de manera progresiva. ¿Habrá experimentado algo similar mi abuelo, su delicado cuerpo desfalleciendo contra el asfalto?
V
Accidentes cerebrovasculares. Lesiones cerebrales traumáticas. Enfermedades neurodegenerativas. Inflamaciones cerebrales. Tumores. Enlisto las raíces de la afasia, sus formas; contemplo cómo opacan en mayor o menor medida estosladrillos: semántica, gramática, fonología, morfología, sintaxis (Le & Liu, 2023). Y con todo, la inteligencia afilada. Decía Sacks que a sus pacientes no se les podía mentir. Así, en tanto el tiempo se lo permite, el semblante afásico es ávido buscador de autenticidad y empatía en el otro, Homo loquens. Luego, si la vida misma es obra, el afásico es rey del subtexto.
VI
Le pregunto a mi abuela cuántos dos de noviembres nos quedan juntos, aquí de este lado. Ella dice Hijo, no pienses en esas cosas. Le digo que ojalá todos los días olieran a Día de Muertos. Reímos. El abuelo en impecable traje nos mira tras el cristal, el altar flanqueado de pétalos y veladoras.
Me gusta pensar que cuando Pavese escribió el verso «Para todos tiene la muerte una mirada», lo hizo con undiccionario al lado, reconociéndolo como puerta a un mundo en el que la palabra es igual susceptible, parte indivisible del todo, donde me asomo y encuentro al fantasma de West, Stendhal, y Baudelaire, y naturalmente, los brazos abiertos de mi abuelo.
Saint-Henri, Montreal, otoño 2024
Referencias
Le, H., & Liu, M. Y. (2023). Aphasia. National Library of Medicine. National Center for Biotechnology Information. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK559315/
Sacks, O. (1985). The man who mistook his wife for a hat and other clinical tales. New York: Summit Books.
Vitturi, B. K., & Gagliardi, R. J. (2021). Post-stroke aphasia in famous writers: when neurology left geniuses speechless. Arquivos de neuropsiquiatria, 79(3), 251–253. https://doi.org/10.1590/0004-282X-ANP-2020-0282
Wittgenstein, L. (1998). Tractatus Logico-Philosophicus (47th ed.). New York: Dover Publications.
[1] Abreviación del francés «Sacré nom de Dieu!»: “¡nombre sagrado de Dios!”.