La chica-caballo

Estefanía Espinosa Álvarez

Literatura

A mi hermana la encontraron muerta en la casa que compartía con otras universitarias. Vivían en una casa tan grande como sofocante; se las rentaba una anciana de ojos claros, casi grises, que se mantenía únicamente de las rentas. Miranda, la mejor amiga de mi hermana, la había convencido de mudarse a esa residencia para “señoritas “, porque ambas habían escogido la misma carrera y la misma universidad, y era de esperarse que, siendo amigas desde la primaria, quisieran vivir juntas. O al menos, sé que eso le dijo Miranda a mi hermana, y que ella accedió sin pensarlo, sin considerar si ella de verdad quería estudiar arquitectura, mucho menos si quería mudarse a esa ciudad y a esa universidad. Pero los padres accedieron, porque qué más iban a hacer las hijas que irse a estudiar una carrera decente a la capital. 

Esa nula capacidad para pensar por sí misma fue lo que llevó a mi hermana a su muerte. Me di cuenta el día que llegué a la residencia para recoger sus cosas. Había ido sola porque no había podido llorarle nada, y pensé que tal vez la visión de sus últimos objetos me desataría una catarsis, unas lágrimas, un algo, algo que me dejara perdonarla. 

Llegué a su residencia murmurando maldiciones. Todo me era ajeno: lo único que sabía era que el cuarto de mi hermana era el del primer piso, y que ese cuarto tenía el baño en donde la habían encontrado fría e inconsciente, aturdida por las arcadas y la debilidad de su cuerpo. 

Toqué la puerta varias veces, esperando que me abriera la anciana de los ojos grises, pero no hubo respuesta. Giré la perilla en un ataque de impaciencia; la casa estaba abierta, y la urgencia de comenzar mi duelo hizo que me precipitara al interior. En la sala, vi a una muchacha raquítica, de cabello castaño y lacio, sentada frente a un plato con pedazos de verdura hervida y dos huevos duros partidos a la mitad. Masticaba como si la mandíbula le pesara. Me recordó a un caballo comiendo zanahorias. 

Antes de que pudiera decir algo, me preguntó si era la hermana de Paula. Le dije que sí, se paró y dejó el plato con huevos duros y verduras en la mesa de la sala. No usaba cubiertos y los huevos no tenían yemas.

Se dirigió al cuarto de mi hermana, sus ojos lánguidos y su paso arrastrado. Me dijo que ahora ella iba a vivir en ese cuarto, que había venido antes para poner sus cosas. Hablaba mientras masticaba; una y otra vez, machacaba el mismo bocado verde que se había metido antes de que yo irrumpiera en su comida. Lento, muy lento, la chica-caballo me sonrió con un pedazo de espinaca en los dientes. 

Me asomé a lo que una vez fue la habitación de mi hermana. Vi unos hilos rojos en su buró. Vi la regla con la que hacía maquetas. Su peine estaba en su tocador, al lado de su rubor y sus sombras de ojos. El peine tenía mucho pelo, los hilos rojos tenían notas a los lados que indicaban sus centímetros.

Agarré las cosas con la mente en blanco, le dije gracias a la chica-caballo y me respondió algo que no quise escuchar. 

—Tienes espinaca en los dientes —, le dije, con náuseas, antes de irme.