Rafael Hernandez Rebollar
Literatura
Fue hace mucho tiempo, más de lo que parece. Todo ocurrió el 31 de octubre de 1982, en un vecindario de clase media del Estado de México. Aunque han pasado años desde entonces, todavía recuerdo aquella noche con una claridad que me resulta incómoda. A veces me pregunto si las cosas habrían sido diferentes si alguien hubiera tenido el valor de hablar desde el principio.
La idea fue de mis amigos, pero yo también acepté. Como cada Halloween, decidimos ponernos máscaras grotescas y disfraces exagerados para asustar a los niños que salían a pedir dulces. Sin embargo, aquella vez uno de ellos quiso llevar la broma más lejos y apareció con un machete que, según dijo, era solo un accesorio para hacer su disfraz más convincente.
Al principio nadie le dio importancia. Todos nos reíamos mientras recorríamos las calles oscuras del vecindario, escondiéndonos detrás de los autos estacionados o entre los jardines para sorprender a los niños que pasaban. La situación cambió cuando mi amigo salió corriendo detrás de uno de ellos con el machete levantado. El niño soltó un grito tan desesperado que todavía puedo escucharlo algunas noches. Después cayó al suelo.
Lo que ocurrió a continuación fue confuso. Llegó una ambulancia, aparecieron vecinos alarmados y, en cuestión de minutos, todos comprendimos que aquello no había sido una simple travesura. El niño había sufrido un infarto provocado por el terror. El miedo que sentimos entonces no fue por él, sino por nosotros mismos. Nadie quería asumir la responsabilidad de lo sucedido, así que todos guardamos silencio y fingimos que no sabíamos nada.
Al día siguiente nos enteramos de que el niño era hijo de Camilo, un comandante de policía que vivía a pocas casas de distancia. Esperábamos que hubiera una investigación inmediata, interrogatorios o incluso detenciones. Sin embargo, no ocurrió nada. Aquella ausencia de consecuencias nos pareció extraña, pero pronto descubrimos que el silencio podía ser mucho más aterrador que cualquier castigo.
Las cosas comenzaron de forma sutil. Una mañana apareció un pájaro muerto frente a la puerta de la casa de mi amigo. Pensó que era una broma de mal gusto y lo tiró a la basura. Dos días después encontró otro en el mismo lugar. Luego comenzaron las llamadas telefónicas.
Siempre llegaban después de la medianoche y siempre provenían de números distintos. Cuando contestaba, no escuchaba palabras, sino una respiración lenta y profunda que permanecía al otro lado de la línea durante varios segundos antes de desaparecer.
Con el paso de las semanas, mi amigo empezó a cambiar. Dejó de salir por las noches y mantenía las cortinas cerradas incluso durante el día. Juraba que alguien lo observaba desde el otro extremo de la calle. Más de una vez afirmó haber visto una figura inmóvil bajo los postes de luz, una silueta que permanecía allí durante horas sin moverse y que desaparecía en cuanto intentaba acercarse. Todos pensamos que la culpa estaba afectando su mente.
Entonces ocurrió algo que ninguno pudo explicar.
El perro de su familia, un animal tranquilo que jamás había mostrado agresividad, atacó a Camilo cuando este pasó frente a la casa. Aquella misma noche el perro desapareció sin dejar rastro. Mi amigo estaba convencido de que alguien había entrado a la propiedad para llevárselo, pero no había señales de que nadie hubiera cruzado la reja.
Dos días después encontraron el automóvil de sus padres incendiado.
Los peritos concluyeron que se había tratado de un accidente. Dijeron que una falla mecánica había provocado el fuego y cerraron el caso rápidamente. Lo extraño fue que varios vecinos aseguraron haber visto el vehículo ardiendo mucho antes de que aparecieran las primeras llamas visibles. Algunos incluso juraron que una persona permanecía de pie junto al automóvil observando el incendio sin intentar apagarlo ni pedir ayuda.
Nadie investigó más. Los periódicos ignoraron la noticia y la policía no volvió a mencionar el asunto. Con el tiempo, el vecindario entero pareció olvidar lo sucedido.
A veces creo que yo también habría terminado olvidándolo si no fuera por algo que vi meses después. Regresaba a casa cerca de la medianoche cuando noté una figura de pie frente a la antigua vivienda de mi amigo. Permanecía inmóvil bajo la luz amarillenta de un farol. Pensé que era un vecino, pero al acercarme comprendí que se trataba de un niño.
Un niño que me observaba fijamente.
Cuando estuve lo bastante cerca para distinguir su rostro, sentí un frío tan intenso que apenas pude respirar. Era el mismo niño que había sufrido el infarto aquella noche de Halloween.
Lo reconocí de inmediato.
Lo que no podía explicarme era que, para entonces, llevaba más de seis meses muerto. Cerré los ojos por un instante, intentando convencerme de que nada de eso era real. A lo lejos, escuché una radio que seguía sonando desde un automóvil estacionado junto a la acera, con la ventanilla abajo y sin nadie en su interior. Apenas pude distinguir la melodía de «I Started a Joke», de los Bee Gees, que se deslizaba por la calle hasta perderse en el silencio.
Cuando volví a abrirlos, la calle estaba vacía.
Por alguna razón, recordé las películas estadounidenses que habíamos aprendido a imitar desde niños. Quizá todo había comenzado ahí, con esa lenta americanización que terminó por confundirse con nuestra realidad.
Pensaba que, de no haber sido por aquella influencia, las cosas habrían tomado otro rumbo. Pero tal vez era porque todavía llevaba mucho de ese México conquistado en mí, al victimizarme, en lugar de hacer algo al respecto. Por eso, con el paso de los años, dejé de celebrar Halloween. Y en su lugar empecé a poner una ofrenda con su foto cada Día de Muertos, aunque nunca supe muy bien qué esperaba que regresara ni si había algo que aún pudiera enmendar.