Janza Sofía Fernández
Animación Digital
Una misteriosa figura pasea por el pueblo. Nadie se acerca. Las calles, decoradas con papeles coloridos, flores que guían el camino y figuras cadavéricas vestidas elegantemente llaman la atención por donde quiera que camine. Su rumbo, sin destino aparente, toma una desviación un día específico al año.
Las figuras de piedra, que antes relucían con los nombres de personas queridas, se habían vuelto opacas y frías con el paso de los años. Sin embargo, una vez al año, esa frialdad era cubierta por pétalos dorados y veladoras que iluminaban las inscripciones, dándoles vida de nuevo. Familias reunidas alrededor de cada piedra recordaban con alegría y a veces con nostalgia. Sin notar del todo, a figuras detrás de ellos que los observaban con ternura. Familiares, amigos y hasta mascotas que permanecían junto a quienes, alguna vez, habían formado parte de sus vidas.
Caminaba entre aquellas figuras. Algunas la miraban con temor, otras la saludaban con respeto. Las mascotas la observaban con curiosidad y los niños se acercaban contentos a darle objetos de sus ofrendas.
Permaneció en silencio, observando cómo los vivos hablaban de sus familiares, historias buenas como tristes. La mayoría parecía ajena a su presencia, unos pocos volteaban a su dirección, confundidos por un leve escalofrío. Al final del lugar, ella permaneció inmóvil unos instantes, contemplando la salida del cementerio. Después, se marchó. Las calles se iban vaciando conforme se aproximaba a una casa apartada del resto. Al llegar, escuchó brevemente el interior del hogar, voces apagadas que se detenían cada cierto tiempo.
Entró sin ser invitada, y se quedó oculta en las sombras. En una de las habitaciones, unos padres hablaban con un médico. Los dos, aunque parecían estar escuchando, mantenían una mirada vacía. No hubo gritos ni reclamos, solo un silencio pesado que ocupó cada rincón de la casa.
Ella conocía bien aquel silencio. Había presenciado escenas similares durante siglos. Había visto a familias enteras reunirse alrededor de camas, a personas aferrarse a promesas imposibles y a padres suplicar por más tiempo inexistente. Los años pasaban, los rostros cambiaban, las voces eran distintas, pero el dolor era igual.
Esperó.
Cuando el médico se marchó, los padres entraron en la habitación de su hija.
Una pequeña figura permanecía acostada entre las sábanas, demasiado débil para levantarse. A su lado descansaba un dibujo a medio terminar, con algunos colores esparcidos sobre la mesita.
La madre se sentó junto a ella y le acarició el cabello. El padre permaneció de pie, intentando pronunciar unas palabras que nunca llegaron a salir de su boca. La niña los miró a ambos, sin comprender del todo por qué tenían los ojos enrojecidos ni por qué su madre la abrazaba con tanta fuerza.
Ella observó la escena desde la puerta. No sintió prisa. Tampoco necesidad de interrumpir antes de tiempo.
Había llegado el momento. Se acercó a la cama y apoyó una mano sobre la cabeza de la niña. Cerró sus ojos. Durante unos segundos, nada pasó. Sus padres continuaron acariciándola, aferrándose a la mayor esperanza en aquel instante, como si todavía quedara algo que hacer.
Entonces, la niña volvió a abrir los ojos. Se levantó lentamente y miró a su alrededor, extrañada. Frente a ella se encontraba una figura que jamás había visto antes. No parecía asustada, solo confundida. La mujer extendió una mano hacia la menor.
La pequeña miró a sus padres para después aceptar su mano.
Ambas se alejaron de la cama. La niña caminaba despacio, llena de energía nuevamente, sin comprender porque sus padres no parecían notarla, o por qué se estaban yendo. La figura se mantuvo impasible, limitándose a guiarla hacia la puerta, atravesando el pasillo y saliendo de la casa. Detrás de ellas, los llantos comenzaron a llenar la habitación. No giró la mirada, solo siguió caminando de la mano del infante.
Afuera, la vida continuaba. Un perro ladraba a lo lejos. Las luces de otras casas permanecían encendidas y, en algún lugar del pueblo, alguien reía mientras recogía los restos de una celebración que ya estaba terminando. El resto seguían con sus vidas, ajenos a lo que había ocurrido en esa casa. La niña caminaba a su lado, cada vez más lejos de su hogar.
No hubo más conversación de su parte. Poco a poco, su figura se desvaneció hasta desaparecer por completo.
La mujer continuó su camino.
Los primeros rayos de luz iluminaban el pueblo. El papel picado seguía decorando las calles y los pétalos de flores seguían marcando de manera más irregular un camino en las banquetas, pisoteados por quienes regresaban a casa después de celebrar.
Al aproximarse al cementerio, las veladoras consumidas y las flores marchitas predominaban el lugar. Las familias se habían marchado y con ellos, sus seres queridos. Solo quedaban las fotografías, los platos vacíos y los recuerdos que los vivos habían dejado atrás.
Caminó entre las sepulturas sin detenerse. A lo lejos, un muchacho se acercaba con un ramo de flores entre las manos. Pasó junto a ella sin mirarla y continuó su camino hacia una tumba.
La mujer siguió caminando.
En unas horas, las familias volverían a sus actividades y las calles recuperarían su ánimo habitual. Las decoraciones desaparecerían y los nombres grabados en la piedra volverían a quedar ocultos bajo el polvo.
Nacería y moriría gente, y ella estaría allí, como siempre.
La figura se perdió entre las calles mientras el pueblo comenzaba a despertar. Nadie se preguntó de dónde venía ni hacia dónde se dirigía.
Al fin y al cabo, era una visitante.