Al ser humano se le educa para casi todo. En teoría llevamos toda la vida recibiendo lecciones y tratando de aprenderlas. Desde cómo comportarnos, hasta en qué debemos de creer. Sin embargo, hay algo que es más premiado que cualquier otra cosa, reconocido en todos lados, invaluable, inmutable y hasta inmortal. Nos educan para el éxito sin importar el precio, como si éste fuera la meta pero ¿la meta de qué?
Hace poco discutía con un amigo quien no conforme con ganarme el argumento, me dijo algo que me hizo eco: «yo nunca pierdo Fernanda», eso me hizo pensar que aunque siempre nos han enseñado a competir, lo verdaderamente «valioso» es ganar. Al ganador se le premia, se le reconoce, se le respeta, se le aplaude, se le imita y se convierte en automático en meritorio de admiración ¿y los segundos lugares? Ellos son el primer perdedor.
Nadie nos educa para enfrentar el fracaso aunque la vida este llena de ellos. Fracasar es un pecado y cuando sucede poco importa nuestro esfuerzo porque de igual manera no fue «suficiente». La sociedad ha convertido al fracaso en un tabú y al éxito en una utopía, como si al alcanzarlo nos convirtiéramos en una especie de semi-dioses con la autoridad por derecho de hacer lo que nos venga en gana, criticar a nuestras anchas y hacer un juicio de valor a las personas (siempre por debajo de nosotros).
Olvidamos que el éxito es un acumulado de fracasos interminables, nunca es definitivo e hipotecarnos a cambio de éste es un precio demasiado alto. Ganar te convierte en ganador eso es un hecho ¿pero al precio de qué?, ¿de quiénes?, ¿de cuánto? Los diplomas no aplauden y el poder como la fama, también se acaba.
FERNANDA SORIA C.
maria.soriacs@udlap.mx
