El jueves, a las 8:40 de la noche, recibí un mensaje en un grupo de WhatsApp. “Ayuda! ¿De qué color ven este vestido?” Leí el mensaje en la pantalla bloqueada de mi celular, mientras llegaba a mi casa. Como venía manejando, no respondí. Supuse que se trataba solo de un problema de moda, y que el resto de nuestros compañeros se lo aclararían a mi amiga. Por eso, no me apuré a responder. Vi que alguien escribía: “blanco con dorado” y di la discusión por terminada sin siquiera haber visto la imagen.
Fue hasta que me senté en mi computadora casi una hora más tarde que caí en cuenta de mi error. El debate del vestido no había terminado, apenas había comenzado. En cuestión de horas, se desató la locura en internet. “¡Azul con negro!” y “¡Blanco con dorado!” eran los nuevos lemas de esta mini revolución de nosotros contra ellos.
Yo tenía mi opinión formada desde el primer momento en que puse mis ojos en la fotografía: el color era obvio y el único problema era una pésima iluminación. Sin embargo, lo que sí me pareció interesante fue el frenesí que se desató.
No sólo escribían del vestido en las redes sociales. La foto había evolucionado, superado el estado de meme, hasta convertirse en un fenómeno global. Las celebridades escribían y debatían entre ellas su opinión al respecto. Los sitios de noticias le daban mejor cobertura al debate que a varias crisis internacionales. Circularon una alarmante cantidad de artículos de “expertos” apoyando a cada “bando”, diciendo que lo que se veía se debía a diferencias genéticas, o que cierto color era visible solo para aquellos con un pasado traumático (¿en serio?). Incluso, llegué a leer teorías de que todo era una conspiración por parte del gobierno para mantenernos entretenidos.
Y mientras tanto, yo me preguntaba, ¿en qué clase de mundo vivimos si estamos todos vueltos locos por el color de un vestido? Tal vez, se trata nuestra naturaleza competitiva, de la necesidad de probar que teníamos la razón, para poner la clara explicación en la cara de un amigo y decir, “¡Te lo dije!”. O, tal vez, es pura curiosidad, o puro ocio, y al final el vestido sólo resulta interesante para aderezar nuestras conversaciones monótonas.
Como sea, la única verdad segura (además de que de algún color tiene que haber sido el vestido) es que la realidad venció de nuevo a la ficción. Vivimos en un mundo que, por un par de días, se volvió loco por un vestido.
Sofía MarLasca c.
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