¡Mamá yo te juro, no estoy loca!”
Hace exactamente cinco años mi mamá me arrastró al psicólogo; y digo arrastró, porque literalmente eso fue lo que hizo. Me agarré de mi cama, el pasillo, las escaleras y hasta de la puerta de entrada, pero mis esfuerzos fueron en vano; sin mencionar que acabé con la mano destrozada. Hasta ese día yo había vivido suponiendo que al psicólogo uno llega porque está loco. –¡Mamá yo te juro, no estoy loca!– le dije, unas 100 veces antes de rendirme y aceptar la camisa de fuerza como mi trágico destino.
Para mi sorpresa no me recibió el demonio en bata blanca que yo esperaba, sino una mujer hippie que respondía al nombre de Lila. Con una taza de café en una mano y un cigarro en la otra; de unos 40 años y con un hijo llamado Max –su perro–, lo primero que me dijo fue: “Dime Fer ¿en qué puedo ayudarte?” Mi diplomática respuesta sonó más o menos así: “me cagan los psicólogos, no creo en lo que hacen y, ¡yo no estoy loca!”. Desde entonces, no recuerdo haberla escuchado reír tan fuerte otra vez. La verdad –por patética que suene– es que si me daba miedo estar loca.
De la casa de Lila entré y salí muchas veces. Pasé interminables horas contándole de Voldemort y sus subsecuentes, de mis amigas, mi familia, mis miedos, mi historia; ahí aprendí como ella decía: “a poner los sentimientos en palabras”; a masticar y no atragantarme con lo que sentía. Lila fue a ratos mi mejor amiga –a veces la única–, mi maestra y espectadora del caos que yo era. Entre litros de café, toneladas de nicotina, lágrimas y Max; Lila me acompañó en la búsqueda de mi misma. Me hizo enfrentarme conmigo, aceptarme, cuidarme, quererme, entrar a la tormenta y salir de ella con vida. Me agarró de la mano y nunca me soltó. NUNCA.
En mi psicóloga (que recientemente “me dio de alta” –y a la cual espero nunca volver–) encontré una amiga. Esta columna es para ella y para todos los psicólogos que ignoran el inmenso impacto que tienen en la gente que llaman pacientes: Ustedes cambian vidas. Ella cambió la mía y ni con todas las columnas que me quedan por escribir –que espero sean muchas– podría terminar de agradecerle.
Todo este semestre, semana tras semana, escribí sobre mis duelos por si acaso alguien que me leyó supiera que no estaba solo, porque yo no lo estuve… Lila estuvo conmigo.
Fernanda Soria C.
maria.soriacs@udlap.mx
