Me dijo que sí, tal vez por la presión social de todo el patio de la escuela mirando, o tal vez porque, pues sí, me quería. La cosa es que funcionó. Después de ese rato incómodo, nos fuimos caminando, bien románticos, al centro de Cholula, agarrados de la mano. Fue ahí cuando me soltó la bomba: quería presentarme a sus papás.
Empecé a sudar frío. ¿Sus papás? Solo de pensar en esos señores bien puestos, con sus trajes de diseñador, su calle pavimentada, y su casa con muebles y cuadros de pésimo gusto, pero caros, ya me estaba temblando todo. En mi cabeza ya me imaginaba la escena: ellos viéndome con mi camisa de Panda, los pantalones heredados de mi primo Toño, y mis tenis medio limpios, que guardaba solo para «ocasiones especiales». No me veía como el novio ideal para su hija, pero ahí estaba, listo para echarle ganas y dar la cara.
Llegó el fatídico día. Era viernes, justo después de la prepa. Mi papá, como era de esperarse, se rehusó a gastar gasolina en llevarme a la famosa casa de Magnolia. «Para eso Dios te dio piernas», me dijo. Además, según él, suficiente hacía con pagar la colegiatura del San Judas Tadeo. Así que ni modo. La hora de la salida llegó y Magnolia, bien apurada, vino hacia mí y me soltó: “Nos vemos a las tres en mi casa”. Me pasó su dirección en un papelito arrancado de mi libreta de Ciencias Naturales, todavía con algunos apuntes ahí escritos. Me dio un beso en el cachete, dejándome todo embarrado con su lápiz labial y salió volada.
Yo, por mi parte, me escondí en los baños enfrente de la salida a esperar que su papá pasara por ella. Me preparé mentalmente para la caminata de veintidós minutos bajo el pinche sol de las dos y media de la tarde en Cholula. Y sí, fue una friega. El solazo era un golpe de realidad que me dejó tiempo para reflexionar sobre mis decisiones en la vida y de paso revisar mi bolsillo a ver si me alcanzaba para el camión. Pero ni modo, a caminar se ha dicho. Para colmo, la casa no estaba a veintidós minutos como Magnolia me había dicho, sino a treinta y cinco.
Cuando por fin llegué, sudado y jadeando, me prometí internamente que jamás volvería a hacer esa caminata. El gel que traía en el cabello ya había perdido su efecto, y mis tenis, que al principio estaban semi limpios, ahora estaban semi puercos. Me acerqué a la puerta y toqué el timbre, con el corazón a mil por hora, no sabía si por los nervios o por el maratón que me había aventado para llegar.
La puerta se abrió y ahí estaba don Rufino, el papá de Magnolia, mirándome de arriba abajo con cara de pocos amigos. “¿Tú eres Carlos, verdad?” me preguntó, como asegurándose de que no fuera un vende chicles o un franelero pidiendo unos pesos para regresarme a mi casa. Yo, todavía jadeando y tratando de recuperar la compostura, le respondí que sí. Con esa voz grave y ronca de señor alto, güero, de casi uno noventa, me dijo que pasara. Y ahí estaba yo, entrando a su casa, todo sudado y con el gel derretido, esperando lo mejor pero preparándome para lo peor.
Gael Rodríguez Álvarez
Reportero de Lado Alterno