Pasaron los días y llegó el viernes. Recuerdo que hasta me salí de la escuela temprano para asegurarme de que la casa no estuviera patas pa’ arriba. No me olvidé de escribirle a Magnolia en otro cacho de mi libreta de ciencias naturales para decirle dónde vivía. Fui a las doce, haciéndome el afectado con una emergencia familiar. Como le caía bien a Don Camilo, el portero que también formaba parte del “Club de Fans de la Franja Cholula”, me dejó salir sin problema, aunque me soltó algo que me dejó pensando: “Aun así ahorita nos vemos, Carlitos”.
¿Ahorita? ¿Qué chingados quería decir con “ahorita”? No tenía tiempo para dudas, así que me apuré. Al llegar a casa, me encontré con que todo estaba extrañamente arreglado: la cocina relucía, el comedor igual y en la sala, los cojines con la imagen de “Max Camote” estaban en su lugar. Respiré aliviado y me fui corriendo a mi cuarto para ponerme lo mejor que tenía. Me puse mi camisa polo, mis jeans y mis tenis que estaban semi puercos, pero ahora parecían limpios y brillantes.
Bajé a la cocina para darle un abrazo a mi mamá, agradeciéndole por echarme la mano. Pero al llegar, me di cuenta de que estaba cocinando hamburguesas y hot dogs, un platillo que solo se preparaba en circunstancias especiales: el Puebla iba a jugar. En la mesa del comedor había botanas, refrescos y un chingo de cheve. La cocina estaba repleta de platos con papas, cacahuates, y la voz de Paco Villa retumbando en las paredes como si fuera dios tratando de decirme “ya valió”. La casa estaba transformada en un auténtico bar, con todos los signos de una típica noche de fútbol: banderines del Puebla, gritos de emoción y la promesa de una velada llena de desmadre.
Mi alegría se convirtió en un emputamiento total. ¿Cómo chingados mi mamá me había hecho eso? Me había prometido que no pasaría, y juró que mandaría a mi papá a un bar para que no se interpusiera. Le pregunté por qué lo había hecho y me contestó: “Perdóname, mijo, ya ves cómo es tu papá”. Hijo de la chingada, me dije para mis adentros, si digo eso en voz alta mi mamá me parte la boca. Llegó mi papá alrededor de las dos, justo cuando salía de la escuela. Eso me daba una hora para arreglar el pedo. Me acerqué furioso y lo encontré con más chela, como si la que ya tenía no fuera suficiente, y acompañado de sus asistentes personales, mis hermanos Germán y Edgar. Me acerqué enojado y le dije:
—¿Qué haces? —le lancé con un tono retador, aunque en el fondo me temblaban las piernas por el miedo que le tenía a mi jefe.
—Vengo de comprar cheve, Carlitos. Vete a tu cuarto a dibujar si quieres.
Mis hermanos se rieron como si mi papá fuera el mismísimo Polo Polo, y eso solo aumentó mi enojo.
—No estás entendiendo, papá. En una hora viene Magnolia.
—¿Quién? —Mi papá siempre había pensado que se llamaba María.
— Magnolia, viene Magnolia, mi novia.
—¡Ah! — dijo sin entender quién era Magnolia— ¿Te aplaudo o que Carlitos?
— No puede venir y ver el desastre que van a armar tú y tus amigos.
—Mira, Carlitos, tú bien sabes que cuando juega el Puebla, todos los compadres se vienen pa’ la casa. Así ha sido los últimos veinte años, y así será hasta que esté yo en un cofre.
Me quería morir, literal. Sentía que todo se estaba yendo al carajo. La bola de borrachos empezó a llegar uno tras otro, y de tanto estrés, ya me andaba comiendo no solo las uñas, sino los dedos también. Eran las dos y media, faltaba media hora para que Magnolia llegara, y mi cerebro se puso a correr como si me fuera la vida en ello. Pensé en varios planes para salir del desmadre: Uno, fingir que un loco había matado a toda mi familia y que mi casa se había quemado hasta los cimientos; dos, alegar que me había dado una diarrea mortal por culpa del pinche pollo con mole del otro día; o tres, no hacer ni madres, y cruzar los dedos para que Magnolia fuera de esas que aprecian el «encanto pueblerino» y hasta se emocionara con el lema de «entre más corriente, más ambiente».
Mi jefa seguía en la cocina, moviendo la sartén como si nada pasara, y mi jefe ya estaba con la tele a todo volumen, mentándole la madre a los jugadores desde el primer minuto. Germán y Edgar estaban peleando por quién iba a usar la silla reclinable, y mis compas, los borrachos de confianza de mi papá, empezaron a formar su típico círculo en la sala con las botanas y las cheves en mano. Era un desmadre, una verdadera cuna de caos.
—Esto va a ser un desastre —me dije, mientras miraba la puerta con un nudo en el estómago.
Más pinches locos enfranjados seguían cayendo a la puerta con más cerveza. A esas alturas, había tanta chela que ya ni cabía en el refri; fácil podíamos armar una fiesta para toda la colonia y nos sobraba para un recalentado al día siguiente. Ya no era una casa, era un bar improvisado en pleno pueblito, y los gritos de «¡Vamos, Puebla!» Y “¡Edgar, mueve la antena tantito que ya no se ve!” se escuchaban hasta la otra cuadra. Faltaban cinco minutos para las tres, y el nervio me estaba comiendo vivo, así que mejor me salí a la banqueta, no fuera a ser que los señores Nieves se toparan con la invasión de borrachos, degenere y desmadre. Pa’ qué nos hacemos, la casa ya olía a puro sudor, chela, cigarro y a la cebolla que andaba asando mi mamá para los jochos y hamburguesas.
Gael Rodríguez Álvarez
Reportero de Lado Alterno