De las máquinas de carne en la tierra prometida

Hace poco encontré el poema que más he tardado en escribir: Perra de casza. Me reservo mostrárselos porque me parece un ejercicio incluso más íntimo que la desnudez. Aun así, retomo un fragmento para iniciar este ensayo: “soy suspiro heredado de la violencia y el territorio, surgí del río de sangre amarga”. La frase hace referencia a la historia de muchas mujeres que me rodean: empobrecidas, racializadas y violentadas. Pensar en cuerpos es pensar en ellas y reconocer que la fuerza invisible que nos oprime es, con más tristeza que sorpresa, el Capital. Pero no me remito solo a la suerte que nos atraviesa entre las piernas. Hablo de mujeres que trabajan con todas las partes de su cuerpo lo quieran o no.

Hasta aquí dejo mis reflexiones autobiográficas para empezar a hablar de colectividades, porque inevitablemente la anterior descripción, que ya retumba, rebasa las fronteras de mi proximidad y al mismo tiempo se entreteje con otras historias. Parto de estas ideas dispersas para hablar de los cuerpos femeninos y feminizados, pero sobre todo de sus resistencias. Lo que me pregunto es: ¿Cómo distinguir entre esas resistencias y el abono al estatus quo cuando hablamos de cuerpos, feminidad y trabajo?

Para recuentos históricos completos y complejos me hago a un lado, pero no me limitaré a decir que nos mintieron. Silvia Federici (2004) en su famoso libro “Calibán y la Bruja” resalta patrones entre las crisis económicas y los procesos de domesticación femenina en la cronología occidental –heredada más tarde a los territorios colonizados–, especialmente en la violenta transición del feudalismo al capitalismo. Cuando el número de trabajadores era escaso y las tierras estaban abandonadas, se endureció un sistema agonizante para intentar hacerlo funcionar. A manera de retorcido castigo, no solo se despenalizó la violación, sino que fue fomentada desde el Estado. Además, se tomaron medidas de control como la prohibición del celibato, el aborto y los anticonceptivos. Aunque si de revancha se trata, la más cruel fue la caza de brujas, que más bien se trató de un genocidio. Paralelamente otra masacre tenía lugar en el Nuevo Mundo. Esta encomienda colonizadora debe entenderse desde la perspectiva interseccional; con el genocidio de los nativos y la esclavitud de personas africanas, el género se sumó a toda una lista de características ensambladas para el dominio de los cuerpos.

Permítanme ejemplificar con un poco más de historia. Rhoda Reddock (1985) relata que, durante la revolución azucarera del Caribe, “que empezó sobre el año 1760 y duraría hasta aproximadamente el año 1800, se disuadió activamente a las mujeres [esclavizadas] para que tuviesen hijos o formasen familias [porque] era más barato adquirirlos que reproducirlos”. (en Mies, 2019, p.179) Los esclavistas registraban el tiempo de gestación, lactancia y cuidados de los primeros doce años, lo traducían a dinero y, en una balanza perversa, lo comparaban con el precio de una persona adulta esclavizada. Como era demasiado caro esperar, prefirieron continuar la compra, lo que a su vez se entendió como la proliferación del negocio de trata de personas y desembocó en los colonizadores reclamando África como suya y saqueando sus recursos sin intermediarios. Las mujeres esclavizadas, en este proceso, eran brutalmente explotadas en los campos –porque en los ojos del amo, hombres y mujeres deberían trabajar igual de duro (Patterson, 1967)– y cruelmente violentadas para no embarazarse. Reddock (1985) reconoce que fueron aquellos mecanismos los que más tarde se internalizarían en una actitud antimaternal que resultó en la Huelga de Vientres a mediados del siglo XIX. Por todos los medios se intentó implantar la idea del matrimonio y la familia nuclear, pero estos eran más restricciones a una vida ya encadenada.

Me parece pertinente citar a Giulia Marchese (2007) cuando dice que “la violencia educa a mujeres y a comunidades, así como enmarca trayectorias en caminos de vida condicionados por el sexo y la raza con los que se nace y se nos identifica”. (p.11) El sometimiento antes descrito es solo un ejemplo de estos procesos de adoctrinamiento y domesticación femenina, del despojo territorial y de los inicios de la explotación de recursos naturales. Para llegar a las escalas que hoy nos han tragado vivxs, no había otro camino más que el río de sangre. Los cuerpos han sido condicionados, el sistema continua y ahora nos cuesta ver más allá. ¿Hay algo más allá? Por ejemplo, desde el ecofeminismo se han hablado de diversas formas de resistencias del cuerpo con el arte (Busconi, 2018), la espiritualidad (Ress, 2011) y movimientos sociales (Mendoza Bohne y Aceves Márquez, 2024). Aunados a estos, se ha señalado a la no-maternidad como otro de estos mecanismos, así como las mujeres negras caribeñas esclavizadas lo hicieron en su tiempo.

Nos encontramos ante un creciente sentimiento mundial de rechazo a la maternidad por sus implicaciones de opresión cis-heteropatriarcal. Sin embargo, es aquí donde me cuestiono ¿cómo salir de ese ciclo de resistencia-castigo? Porque lo hemos visto con las brujas, las mujeres esclavizadas y ahora con las mujeres contemporáneas. Las resistencias ante el control de los cuerpos, especialmente cuando se trata de reproducción, se vuelven el antecedente de represiones extremas. Aunque vale la pena, de nuevo, recalcar la importancia de una mirada compleja, no puedo evitar solo encontrar similitudes. Por otro lado, la maternidad en sí misma puede ser resistencia si es deseada, informada, acompañada, reflexionada y respetuosa. Pero ¿cuántas de nosotrxs tenemos las herramientas para llegar a semejantes posturas? Incluso desde donde me posiciono considero que estoy lejana a entenderlas. La conclusión es que no tengo conclusión. A costa de mi consuelo personal, reconozco que este proceso es más colectivo que individual y no podré tener una visión completa, como dice Maria Mies (2019), en la biblioteca o sentada detrás de una computadora. Reflexiones –o divagaciones– como la anterior en realidad me dan más preguntas que respuestas, pero al menos, considero, es un alivio que tengan lugar.

Alejandra Gallardo Díaz

Editora en Jefe

alejandra.gallardodz@udlap.mx

Referencias:

Busconi, A. (2018). Cuerpo y territorio: una aproximación al activismo ecofeminista en América Latina. Anuario en Relaciones Internacionales del IRI, (2018), 1-10. https://sedici.unlp.edu.ar/bitstream/handle/10915/98870/Documento_completo.pdf-PDFA.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Federici, S. (2004). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación. Traficantes de Sueños.

Marchese, G. (2019). Del cuerpo en el territorio al cuerpo-territorio: Elementos para una genealogía feminista latinoamericana de la crítica a la violencia. EntreDiversidades. Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, 13 (julio-diciembre), 9-41. https://doi.org/10.31644/ED.V6.N2.2019.A01

Mendoza Bohne , L. S. y Aceves Márquez, M. P. (2024). Territorios en conflicto socioambiental, resistencias y movimientos ambientalistas en Jalisco, México desde el ecofeminismo. Espiral, 31(89), 149-176. http://espiral.cucsh.udg.mx/index.php/EEES/article/view/7367

Mies, M. (2019). Patriarcado y acumulación a escala mundial. Traficantes de sueños.

Reddock, R. (1985). Women and Slavery in the Caribbean: A Feminist Perspective. Latin American Perspectives, 12(1), 63-80. https://www.jstor.org/stable/2633562

Ress, M. J. (2011). Espiritualidad ecofeminista en América Latina. Investigaciones feministas, 1, 111-124. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5041798