Existe una verdad con la que alimentamos y somos alimentados, a la que acompaña una mentira que nos consuela y nos ciega. La primera habla sobre amar y ser amado; la segunda, sobre merecer y obtener.
Al menos, eso es lo que relatan todos los susurros conectados a la vida del bosque por el que camino, un lugar donde, entre el anhelo y la esperanza, surgen las flores más hermosas y las hierbas más venenosas, y donde el alma de los amantes se refleja en árboles cuyas hojas cuentan el mundo interno de sus dueños.
Lo cierto es que este bosque nunca dejará de existir, porque los susurros no cesan y las historias no dejan de ser contadas.
Incluso ahora, incluso después de todo este tiempo, sigo preguntándome qué creen que se obtiene del amor. ¿Qué podría darte algo cubierto por lágrimas y delirios?
Un amor no correspondido que puede destrozar la identidad y la autoestima; una autoproclamada alma gemela que nunca deja de soñar con encontrar y ser encontrada; y esa extraña guerra entre lo que necesitan ser y lo que no pueden ser.
No es de extrañar que el susurro de algunas hojas contenga voces tan destrozadas. Tampoco lo es que caigan con una velocidad abrumadora —a veces lenta y delicada, otras violenta— como un recordatorio de lo peligroso que puede ser el amor.
Pero es curioso, en ocasiones siento como si esas hojas estuvieran desesperadas por permanecer, por seguir siendo reales, por ser recordadas y amadas. Supongo que saben lo fáciles que serán reemplazadas por hojas nuevas.
O quizá… quizá desean que las sienta como mías.
¿Significa eso que soy dueña de este bosque? No tengo un árbol propio al que mirar ni una voz a la que escuchar, solo soy espectadora de las almas que conozco, pero que no pueden conocerme.
Sin la libertad de ayudarlos a mantenerse vivos, ¿cómo puedo ser algo más? Ya sea con amor o indiferencia, me dejan sola con el recuerdo de lo que fueron alguna vez, porque las flores se marchitan y los árboles se pudren. Y cuando eso pasa, todo lo que puedo hacer es caminar sin mirar atrás. Después de todo, este bosque es infinito.
___________________
A la verdad y a la mentira se agrega un hecho, todo lo que está vivo terminará por desaparecer en la oscuridad de este extenso bosque.
Lo he intentado y he fracasado más veces de las que quiero recordar, a veces cortando las hojas antes de tiempo y otras negándome a soltarlas una vez que llegan a mí, pero siempre terminan por secarse y convertirse en polvo.
Aún recuerdo haber corrido desesperadamente tras una de las hojas más especiales que he escuchado, tan única que por una vez supliqué al sol que apresurara su paso, porque, durante todo el tiempo que he estado atrapada entre los lamentos y los delirios de este bosque, esa fue la primera voz que separó el anhelo de la soledad. Fue, como si, por un instante, el bosque pudiera ofrecer algo más que un vacío crudo.
Si tuviera que nombrar la esencia del bosque, diría «soledad». Una tan grande como la mía.
El llanto en el que me desahogué, tendida sobre las ramas, las hojas secas y las espinas, fue un eco del dolor que experimenté cuando entendí que la había perdido para siempre; mi estrella fugaz.
No tuve más fuerzas para levantarme y ni siquiera me di cuenta de cuándo dejé de escuchar los susurros, porque mi voz lo había ahogado todo.
Entonces, después de toda una eternidad, cuando las lágrimas pararon, por primera vez me acerqué a las flores y les pregunté: «¿por qué lo añoran?». Había amado momentáneamente después de tanto tiempo imaginando y tratando de comprender lo que era el amor, y había sido horrible. El bosque tuvo aún menos sentido para mí.
Pero entonces, ellas respondieron: «porque lo necesitamos».
Y entendí que todo lo que existía eran mentiras justificadas con necesidad.
___________________
Desde que puedo recordar, el bosque me ha odiado más de lo que yo he sido capaz de odiarlo a él.
Coloca rosas con tantas espinas que es imposible no pincharse; arrulla a las hojas con ráfagas de viento que las impulsa a nunca callarse; y enreda hojas y ramas en mi cabello, como si quisiera aferrarse a mí.
Creía que no había mucho más. Contaba con esa constante. Hasta que regresé mi mirada a los árboles que creía muertos y lo vi, una parte del bosque que no se parecía a nada que recordara, ¿acaso todo este tiempo el bosque me había implorado que volteara?
Insegura sobre qué esperar, me acerqué.
Era hermoso, tan vivo, parecido a las flores de esperanza que suelen mezclarse con el delirio y el anhelo.
—¿Esto es ser amado? —susurré.
—Sí —respondió un todo con una única voz.
—¿Quién los salvó? —pregunté, sin poder evitar que el anhelo regresara, observando cómo en ese instante las flores a las que estaba acostumbrada florecían.
Algo estaba mal.
Cuando el silencio se extendió y creí que no responderían, volví a escuchar lo que creía perdido, eran sus voces, esas voces, solo que esta vez estaban acompañadas de algo nuevo, suave por los bordes y cálido en el interior.
«Mírate, eres tú».
«Siempre fuiste tú».
«Siempre serás tú».
«Únicamente tú».
Y las flores a las que me acostumbré se marchitaron, dando paso a las que me faltaba por conocer.
Mariana Galicia Huanitl
Reportera de Lado Alterno
mariana.galiciahl@udlap.mx