Tormenta

Tormenta. 

Llovizna. 

Chubascos.

Llueve tanto que uno podría pensar

que se han limpiado los cielos,

que el agua se ha llevado todos los pecados.

Pero la tierra está manchada de sangre, 

sangre mía y sangre tuya.

Tenemos todos

la cara sucia,

el corazón herido,

los ojos ciegos.

Ya nadie ve,

y aunque vieran,

a nadie le interesa. 

Ya nadie se conmueve, 

ya nadie se arrodilla ante el dolor, 

ante lo humano.

Ya nadie es humano.

Ya nadie queda.

Ya nada queda.

Se acabó todo.

El mañana termina contigo y conmigo, 

sentados en esta habitación, 

bebiendo cerveza.

Creemos que sabemos cómo funciona todo,

cuando ayer apenas y podíamos

andar sobre nuestras piernas,

escribir nuestros apellidos.

Lo familiar se ha vuelto ajeno.

Somos ajenos incluso a nosotros mismos.

Nos hemos perdido tanto,

olvidamos quiénes somos,

qué somos,

de dónde venimos,

para qué.

Es más fácil cambiar la pestaña,

apagar el mundo, 

apagar las neuronas. 

Porque pensar duele,

y ya no sabemos doler.

No sabemos.

No creemos.

No comemos.

No bebemos.

No somos.

No volveremos a ser.

Nos diluiremos en la lluvia,

junto con todas las cosas que amamos

y no seremos más que granos de polvo

sobre esta tierra olvidada.

Larissa Monserrat Romero Sánchez 

Reportera de Lado Alterno 

larissa.romerosz@udlap.mx