Tormenta.
Llovizna.
Chubascos.
Llueve tanto que uno podría pensar
que se han limpiado los cielos,
que el agua se ha llevado todos los pecados.
Pero la tierra está manchada de sangre,
sangre mía y sangre tuya.
Tenemos todos
la cara sucia,
el corazón herido,
los ojos ciegos.
Ya nadie ve,
y aunque vieran,
a nadie le interesa.
Ya nadie se conmueve,
ya nadie se arrodilla ante el dolor,
ante lo humano.
Ya nadie es humano.
Ya nadie queda.
Ya nada queda.
Se acabó todo.
El mañana termina contigo y conmigo,
sentados en esta habitación,
bebiendo cerveza.
Creemos que sabemos cómo funciona todo,
cuando ayer apenas y podíamos
andar sobre nuestras piernas,
escribir nuestros apellidos.
Lo familiar se ha vuelto ajeno.
Somos ajenos incluso a nosotros mismos.
Nos hemos perdido tanto,
olvidamos quiénes somos,
qué somos,
de dónde venimos,
para qué.
Es más fácil cambiar la pestaña,
apagar el mundo,
apagar las neuronas.
Porque pensar duele,
y ya no sabemos doler.
No sabemos.
No creemos.
No comemos.
No bebemos.
No somos.
No volveremos a ser.
Nos diluiremos en la lluvia,
junto con todas las cosas que amamos
y no seremos más que granos de polvo
sobre esta tierra olvidada.