El agujero en mi pecho se hacía cada día más grande
No importaba qué hiciera, no podía detenerlo
Tiene sentido: no detienes lo imparable
Pero pararía, tenía que creerlo
Algunas veces, se hacía casi imperceptible
Como una tenue brisa en un día soleado
Otras, sin embargo, mis pedazos eran capaces de herirme
¿Quién hubiera imaginado que un puñado de ilusiones podía cortar tanto?
La pregunta era: ¿por qué?
¿Qué hacía que mi piel se desprendiera de mi cuerpo y la carne de mis huesos?
¿Era, acaso, el resultado de todas las veces que amé?
¿O de todas las veces que decidí no hacerlo?
«Estás podrida por dentro, querida»
Ese fue el diagnóstico
Lo dijo así nada más, como si se tratase de una simple gripa
Como si pudiese arreglarlo con sopa caliente y reposo.
Tenía claro cómo se descomponían las cosas
Conocía a la perfección el efecto de la humedad, las bacterias y el tiempo
Pero ¿cómo se pudren las almas?
Y, ¿cómo se desgastan los sueños?
¿Será que las lágrimas que no se lloran lo inundan a uno por dentro?
¿Será que los versos que no se escriben son como tinta que ensucia la sangre?
¿Será que las palabras que no se dicen se vuelven parásitos dentro del cuerpo?
¿Será que los recuerdos amarran y aprietan hasta quitarle a uno el aire?