«Estás podrida por dentro, querida»

El agujero en mi pecho se hacía cada día más grande

No importaba qué hiciera, no podía detenerlo

Tiene sentido: no detienes lo imparable

Pero pararía, tenía que creerlo

Algunas veces, se hacía casi imperceptible

Como una tenue brisa en un día soleado

Otras, sin embargo, mis pedazos eran capaces de herirme

¿Quién hubiera imaginado que un puñado de ilusiones podía cortar tanto?

La pregunta era: ¿por qué?

¿Qué hacía que mi piel se desprendiera de mi cuerpo y la carne de mis huesos?

¿Era, acaso, el resultado de todas las veces que amé?

¿O de todas las veces que decidí no hacerlo?

«Estás podrida por dentro, querida»

Ese fue el diagnóstico

Lo dijo así nada más, como si se tratase de una simple gripa

Como si pudiese arreglarlo con sopa caliente y reposo.

Tenía claro cómo se descomponían las cosas

Conocía a la perfección el efecto de la humedad, las bacterias y el tiempo

Pero ¿cómo se pudren las almas?

Y, ¿cómo se desgastan los sueños?

¿Será que las lágrimas que no se lloran lo inundan a uno por dentro?

¿Será que los versos que no se escriben son como tinta que ensucia la sangre?

¿Será que las palabras que no se dicen se vuelven parásitos dentro del cuerpo?

¿Será que los recuerdos amarran y aprietan hasta quitarle a uno el aire?

Larissa Monserrat Romero Sánchez

Reportera de Lado Alterno

larissa.romerosz@udlap.mx