Autora: Janza Sofía Fernández
La casa siempre está en silencio. Nadie quiere acercarse a ese lugar después de lo que pasó
hace 10 años. Nadie, a excepción de mí. Según los rumores, cada año en el día de muertos,
se escuchan lamentos, susurros y gritos. Son puras tonterías, cuentos que la gente inventa
para asustar a los más pequeños y que no se acerquen.
Con grabadora y cámara en mano, entré a la casa. El aire denso, junto con la inmensa
cantidad de polvo y telarañas, no me desanimó. El asesino de María Cortez nunca fue
descubierto, pero yo sabía que algo más profundo había en esta casa. Lo sentía, podía
apreciarlo en las paredes, como si el lugar hubiera sido testigo de todo lo que ocurrió.
Mientras avanzaba por el pasillo, el silencio era sofocante. Revisé mi cámara y grabadora:
nada. Pero justo entonces, un pequeño murmullo seguido de un llanto apenas audible
rompió el silencio de una manera sutil “No es mi culpa…”. Incrédulo, me detuve a escuchar
mejor. Al principio pensé que era el viento. Sin terminar de ordenar mis pensamientos, la
voz femenina volvió a escucharse, esta vez siendo más clara: “No es mi culpa…”.
¿Habrán sido esas sus últimas palabras? El caso nunca reveló la forma en que María murió
o las razones detrás de su muerte. Era un misterio.
Dejando el miedo a un lado, seguí adelante, el sudor corriendo por mi espalda y rostro.
Cada paso se volvía más pesado que el anterior. Al llegar a la habitación donde ocurrió la
tragedia, el ambiente cambió abruptamente. La temperatura disminuyó, y el aire se volvió
casi irrespirable. Mis dispositivos, mi único consuelo, dejaron de funcionar. Las paredes
se parecían estar al borde de colapsar sobre mí.
“No debiste venir aquí…”, se escuchó nuevamente la voz, mucho más cerca, justo detrás
de mí.
Me gire de golpe. No había nada. Solo el eco de sus palabras que llenaban todo el espacio.
Se volvió obvio para mí: la casa no estaba vacía. Estaba viva con el recuerdo de su muerte,
y ahora ese recuerdo me atrapaba.
Corrí. El corazón me latía con fuerza, resonando en mis oídos mientras cruzaba el umbral
de la puerta principal y me encontraba con la noche fría del pueblo. Afuera, todo parecía
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tranquilo, contrastando con el infierno que ocurría en el interior del hogar. El aire fresco
me envolvió, y por un instante sentí alivio. Me detuve, jadeando, convencido de que
finalmente había escapado.
Pero entonces, justo cuando creía estar a salvo, oí la última advertencia, suave y helada,
resonando desde dentro de mi cabeza: “No debiste haber hecho eso…”.
Desperté en el suelo, nuevamente en la habitación del asesinato. El alivio que sentía
minutos atrás se desvaneció, convirtiéndose en terror. Supe en ese momento que nunca
había dejado la casa. Y que ahora, tampoco lo haría…
“Un joven desapareció en la madrugada del 2 de noviembre, poco después de ser visto
merodeando cerca de la vieja casa abandonada. No se encontró su cuerpo. Todo lo que
quedó fue su cámara y grabadora, ambas dañadas e incapaces de reproducir sonido e
imagen.
Los vecinos cercanos aseguran haber escuchado gritos desgarradores de una voz
masculina, acompañados de lamentos femeninos que resonaron por las calles desiertas.
Algunos se atrevieron a mirar por sus ventanas, pero no vieron a nadie salir de la casa.
La familia del desaparecido, junto con otras personas del pueblo, ha dejado ofrendas en
la entrada de la casa, rogando por la aparición del chico. Velas, flores de cempasúchil y
fotografías del joven desaparecido adornan la entrada. Cada día, las oraciones se alzan
más fuertes, desesperadas por alguna señal.
Hasta ahora, no hay ninguna pista del paradero del joven. Sin embargo, algunos juran
que, al pasar cerca de la casa por la noche, se logran escuchar gritos, llantos y susurros
casi imperceptibles, como si estuviera rogando por algo más. “Aún siguen esperando…”
Sobre la autora: Janza Sofía Fernández

Mi nombre es Janza Sofía Fernández. Estoy estudiando Animación Digital y actualmente curso el primer semestre. Me apasiona leer, especialmente historias de terror y suspenso, así como explorar la narrativa visual y escrita. Me encanta crear y dar vida a mis propias historias, ya sea a través de palabras o de dibujos. También disfruto jugar videojuegos, que me inspiran a desarrollar mis propias ideas.