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Migajera: cuando el lenguaje castiga

El juicio disfrazado de consejo emocional

Hay palabras que no necesitan definición para volverse sentencia. “Migajera” es una de ellas. Circula con ligereza en videos, memes y podcasts; se pronuncia con tono de advertencia o burla, y se instala como juicio inmediato sobre cómo alguien vive el afecto. No explica, no pregunta, no matiza: nombra para encasillar. Me inquieta la facilidad con que ciertos términos se vuelven etiquetas virales. Estas, sin análisis, comienzan a operar como formas de disciplinamiento emocional: esto se vale, esto no; esto es amor propio, esto es patético. “Migajera”, en particular, se usa para señalar a quien, desde una mirada externa, acepta “lo mínimo” en una relación. Pero ¿desde qué lugar se define lo mínimo? ¿quién decide cuánto amor es suficiente?

Además, el uso del término “migajera” se sostiene sobre una idealización del amor romántico: una versión hegemónica que imagina el vínculo como un contrato afectivo perfectamente equilibrado, sin contradicciones ni matices. Pero los vínculos reales, sean románticos o no, no siempre responden a esa estructura. Están hechos de historias, silencios, aprendizajes y contextos que no caben en una fórmula universal. Lo que para alguien puede parecer una migaja, para otra persona puede ser un gesto enorme. No porque “se conforme”, sino porque ahí, en esa forma de encuentro, hay una lógica afectiva que responde a su historia, a sus tiempos, a sus búsquedas.

Estas etiquetas, que surgen y se dispersan en redes con velocidad, funcionan como productos de consumo emocional: se adoptan, se comparten, se aplican sin contexto. No busco definir qué vínculos son válidos o no, sino abrir el espacio para la pregunta: ¿Cómo se siente este vínculo para ti? ¿Qué te dice de ti? ¿Qué lugar ocupas en él? ¿Te permite ser? Las respuestas no son universales. Ni deberían serlo.

Por eso es importante desarmar términos como este. No para negar que existen relaciones dolorosas o unilaterales, sino para dejar de simplificarlas con palabras que clausuran la posibilidad de entenderlas. Lo que hoy se llama migaja, en otro contexto puede ser cuidado, o tal vez una forma de presencia. No se trata de justificarlo todo, sino de devolverle a cada vínculo su complejidad. Quizá, si dejamos de usar esa palabra como insulto, podamos empezar a nombrar los afectos con más cuidado. Quizá así, el juicio se vuelva pregunta, de la que emerja una ética distinta del amor: no la que se mide por la cantidad de pan, sino por la manera en que se comparte.

Mara Itzel Zacatzontetl Tepoz

mara.zacatzontetltz@udlap.mx

Editora de opinión